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viernes, 11 de enero de 2019


HOMENAJE A GABRIELA MISTRAL
Radomiro Tomic

Bienaventurados aquellos por quienes lloran los pobres cuando mueren, porque estas lágrimas d la multitud, que no nacen del vínculo de la carne y de la sangre, ni de la memoria de servicios o gratitudes individuales, son la señal d la misteriosa filiación en que los pueblos ser reconocen en sus santos y en sus héroes. Ninguna vida más plena, ninguna muerte más bella, ninguna memoria más perdurable que la de estos Elegidos --- ¿por quién?--- para vivir por los demás o para morir por los demás. Parecen éstas, palabras excesivas. Y sin embargo, solamente esta luz –la vieja y extraña luz del misterio de la Comunión de los Santos---- adquiere significado vital y ecuménico el alma torturada de Gabriela Mistral y puede explicarse la asombrosa identificación del pueblo chileno con esta mujer triste y solitaria. ¿Cómo explicar, si no, lo que acaba de ocurrir? Ha muerto, y durante tres días y tres noches, doscientas mil personas han esperado, de pie, horas interminables, formado en inmensa columna, para ver el rostro inmóvil, por la breve fugacidad de unos segundos. Quienes llegaron en la mañana tuvieron que esperar hasta la tarde; y los que acudieron en la tarde, solamente la vieron entrada ya la noche; y los que fueron de noche, recién al amanecer. Millares venían de pueblos y ciudades próximas o lejanas. Decenas de millares abandonaron trabajos, obligaciones, deberes de familia, agrado o descanso. ¿Quiénes eran? Hombres, mujeres y niños de toda condición, imagen viva de la nación chilena. ¿Qué querían? Verla por última vez al precio de cualquier molestia o sacrificio. ¿Por qué....? ¿Acaso porque había obtenido el Premio Nóbel hace doce años? Pero, ¡cuántos de ellos siquiera lo sabían? ¿Cuántos hubieran podido explicar en qué consiste esta distinción literaria? ¿Y qué agrega este honor a la cara de un muerto? No; no venían por el Premio Nóbel. ¿Acaso porque la muerte despierta oscuros terrores y curiosidades que empujan a buscar en el rostro rígido lo que no puede hallarse en la sonrisa y la luz de la mirada?... ¿Y cómo explicar entonces la marejada humana con que el país la recibió en 1954, primero en los puertos de recalada, más tarde al llegar a Valparaíso, después a lo largo de la vía férrea y finalmente en la gigantesca recepción popular aquí en Santiago? ¡No; no venían por el secreto estremecido de la muerte visible! ¿Era porque esta mujer resultaba familiar y necesitaban de su presencia? ¡En los últimos veinte años, solo estuvo treinta días en su Patria! ¿Podría ser tal vez por la solidaridad de clase, de ideas, de partido? Pero ¿quién se atrevería a reclamar “exclusividades” sobre Gabriela Mistral sin cometer un ultraje contar el pueblo chileno y contra ella misma? ¿Fue, entonces, porque sus poemas les ayudaban a iluminar sus pobres vidas? ¿Por qué sus versos le daban sosiego en la ansiedad; esperanza en el desconsuelo; evasión ante la aridez del vivir cotidiano y refugio ante la ráfaga nocturna en que todo parece frustrado y con sabor a ceniza? ¡Oh, no La poesía de Gabriela Mistral no fue escrita para eso. Y si es cierto que entra ella jaspea a veces la ternura de sus rondas infantiles y de sus poemas a las madres y maestras, recia presencia de Dios, la claridad de sus deslumbramientos con la naturaleza y el jugueteo d sus raro versos sonrientes, es más cierto aún que la angustia es la más honda raíz de su mensaje, y la muerte, el contrapunto de dónde saca su inspiración fuerte, agreste, primitiva y quemante. No; la identificación del pueblo chileno con Gabriela no obedece a estos signos externos de su cansado paso por el mundo. Su origen es más hondo; más elemental y puro. La inmensa muchedumbre, ese medio millón de personas que la vieron pasar esta mañana al Cementerio, se sabían suyos y la sabían suya de un modo entrañable. No son los honores, ni sus versos, ni siquiera sus ideas, la raíz de esta transfiguración. Era ella toda; su persona, su vida solitaria, su alma atormentada, su dura lucha, el fuego oscuro en que se consumía, el desdén con que miró pasar los éxitos dl mundo cuando, en su hora, llegaron a su puerta. Fue creciendo lentamente en el corazón del pueblo chileno, hundiendo sus raíces en la tierra parda y eterna, alimentándose de las realidades humildes y esenciales que forman la trama inacabable y siempre renovada de la vida. Así fue alzándose, y alzando junto a ella al pueblo suyo; como los árboles, milímetro, lentamente, poderosamente, signo y cifra del mundo que los rodea, del cual extraen s u aliento vital y al cual ennoblecen, representan y dignifican. Ha muerto, y al eco de su muerte todos somos testigos atónitos de la sobrecogedora unanimidad con que el país se reconoce en ella. ¡Y sin embargo no fue el suyo un espíritu neutral! Estuvo siempre y sin vacilaciones con las ideas de la democracia y la libertas, por ser condiciones esenciales para la dignidad humana; escribía y hablaba por la paz del mundo con dolorosa tensión de espíritu; odiaba la idea misma de la posibilidad de otra guerra, le dolían los pobres y su mísera heredad de tierra, de escuela y de alegrías; le dolía el hambre y la desnudez física de los niños, pero más aún la irritaba la ceguera de los que olvidan que el niño es alma y esperanza; la verdad, como ella la veía, le quemaba los labios y tenía que ser dicha, cualquiera que fuese el precio que hubiese de pagar por ello. No fue neutral, sino combatiente; testigo insobornable de su fe y de sus convicciones, en la serenidad o en el martirio. Pero apenas ha muerto y ya todos los Poderes del Estado, todos los estamentos dirigentes de la nación, toda la gama de ideologías y de intereses en que los chilenos se organizan, se dividen, se expresan y se combaten, encuentran en ella un centro de reunión, de identidad... ¿Por qué...? Porque, más que sus versos, sus honores o el anecdotario de su vida, esta mujer nos da la muestra sensible de que la Patria es una comunidad humana de la que todos formamos parte orgánica, inevitablemente solidarios de un destino común en el plano material, misteriosamente responsables de nuestros hermanos en el plano espiritual. Ella es ahora, ¡paradojas del espíritu liberado de la carne símbolo vivo de esta comunidad de origen y destino de nuestra Patria y preciosa salvaguardia de la identidad esencial de todos nosotros, en el gran regazo unificador de la nación. Ha muerto, y, según las agencias cablegráficas, mientras se prolongó su larga enfermedad, más de quinientas consultas diarias se hacían al Hospital de Nueva York en que estaba internaba, por su salud. Asombrada, la secretaria del establecimiento preguntó un día al periodista: “¿Quién es, pues, esta mujer que muere?” ¿Quién era? Una mujer anciana, enferma y pobre, cuyos versos más hondos habían sido escritos 30 años antes y cuyo espíritu tenía en los últimos tiempos el doloroso vuelo de un pájaro ciego. Y sin embargo, apenas muerta, gobernantes de decenas de países, entre ellos Estados Unidos, Rusia y la India, y todos los de América latina; la Secretaría General de las Naciones Unidas; el Consejo de la Organización de Estados Americanos; el Senado y el pueblo del Perú: las Universidades argentinas, numerosas escuelas en diversos países, hacen llegar a Chile sus condolencias, le rinden homenajes oficiales, recuerdan su memoria y cambian los nombres de sus establecimientos escolares para que se llamen “Gabriela Mistral”. ¿Por qué? ¿Por qué, si no pocos de ellos eran ajenos a sus versos por el idioma; y los más, indiferentes a honores que representan poco en tierra extraña? Porque el mundo exterior ha visto también en ella, sin embargo, un símbolo de Chile, una forma transfigurada de su pueblo. ¿Cómo, si no, explicar el carácter universal que ha alcanzado la muerte de quien, como Gabriela, tuvo siempre poco a lo largo de su vida, y ya casi había perdido todo en la hora de su muerte? Instintivamente el pueblo chileno, sus grupos dirigentes y el mundo exterior han visto en ella lo que era: ¡El rostro multitudinario y el alma perdurable de su nación! Sin razón aparente, fue “elegida” para tomar sobre sí oscuras cargas de su pueblo. La violenta presencia de Dios en su conciencia, su vida interminable e inexplicablemente roída por la angustia, la continua visión de la muerte, son los signos sensibles de amargo precio que esta mujer, hoy día inmóvil, aceptó pagar sin rebeldía, al serle impuesto, sin que sepamos bien ni cómo ni por qué, el dar testimonio de su pueblo y el sufrir, para participar en el rescate y la redención de los suyos. Quiero creer que su vida representa una señalada visita de Dios a nuestra Patria. Como los santos, como los héroes, vivió por otros, sufrió por otros, murió por otros. Porque así fue, vivirá eternamente.


RADOMIRO TOMIC Discurso pronunciado por cadena radial nacional en enero de 1957, con ocasión de los funerales de Gabriela Mistral en Santiago.

(10 de enero de 2019)

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Carlos Penelas: Del cielo, la tierra y las profundidades

Estuve viajando. Nunca fui turista, siempre me consideré un viajero.  Me maravilló  el Egeo, el azul,  el cielo,  su sol. Los griegos situaban el centro en Delfos. El centro del mundo siempre coincide con el omphalos, que significa ombligo.  Para el hombre primitivo era el pozo que comunica cielo, tierra y profundidades. Como manantial de vida pero también como inicio de los cuatro ríos del Paraíso. Me emocionó el Jónico, el Adriático. Vi ciudades hermosas, historias, leyendas. Hablé con hombres y mujeres del lugar, comí en sus restaurantes, reí con muchos de ellos.  Recordé páginas, lecturas, obras. Evoqué mis días de estudiante en Letras, a mis mayores. Creta, Mikonos o Santorini se sumaban a los sueños de Nauplión y de Corfú. Evoco el Caffé Specchi de 1839, en Trieste; el Caffé Greco de 1760, en Roma. Por las noches las imágenes del Palazzo Doria Pamphily, Ovidio, el Musei Capitolini, la Iglesia  San Donatus de Zadar. Volví sobre los textos de Cavafis, de Seferis. Ví a Jasón, estuve en el origen de la Atlántida. Cuando uno lee a los clásicos, cuando busca en las escenas del cine o del teatro las visiones del cosmos, cuando un cuadro o una escultura nos hacen elevarnos, uno debería abrir los ojos.  O cuando Homero, según nuestro genial Kenneth Rexroth, nos enseña el presente. Pero no sucede, no sucede. Parece que el ser humano no termina de sentir, de comprender. No señalamos al pobre muchacho analfabeto- ignorante hasta la ferocidad-  o al pobre diablo que vive del Estado, de los favores del intendente o del comisario. Hablamos de académicos, de profesionales, de supuestos intelectuales, de aquellos que viajan sin saber si el Teatro Mariinsky queda cerca de Marruecos o en Finlandia. ¿Entiende lo que digo, desentendido lector?
La sumisión del espíritu, el cinismo, la corrupción, las contradicciones ideológicas, los relatos permanentes - historias, héroes, banderas – alocados e infames, hacen que todo suceda de manera frenética, demencial. Y a esto le agregamos la ornamentación, la voz única, un mundo enfermo de jerarquías, de clasificaciones. Las hogueras, los herejes. La oscuridad, la burocracia, el gusto empalagado.
Siempre me resultó fascinante saber en qué mundo vivo. Resulta que la memoria en el poeta va de un lado a otro, camina al azar, regresa sin saber, vuela distraído. Y entonces es árbol, pájaro, mar o caballero. Un homeless que duerme bajo de un puente en París o en Los Ángeles, un hombre soñador que camina por un muelle escuchando el bullicio de las gaviotas o el calor del desierto de una tierra casi desconocida. Practica la felicidad que no excluye lo ameno ni lo inteligente. Es un viajero sin posada, un viajero de un conglomerado de vidas y de ideologías que lo incitan a indagar en la barbarie y en la amistad.
Decía el gran escritor uruguayo, Juan Carlos Onetti, que “si alcanzamos el éxito, nunca seremos plenamente artistas” No está mal. Miguel Delibes señaló en una oportunidad “de lo que más hablan los españoles es de dinero”. Una mirada, ¿verdad?
 Mariano de Montero, que fue director de la Escuela Diplomática de Madrid, manifestó su horror porque el Rey toleró que el próximo presidente de Bolivia, Evo Morales,  se presentase con un “jersey”. Lo consideró “carente de cultura vestimentaria”. Interesante la meditación del caballero. ¿Qué opinión tendrá de la gente que usa turbantes y túnicas de seda o birretes de piel? ¿O de un vestuario étnico tribal? El Rey,  sin duda, tiene  más conciencia que el señor de los buenos modales y de los desfiles con trajes londinenses o parisinos. “Toda cultura se funda más sobre prejuicios que sobre verdades”, escribió nuestro querido primo Friedrich Dürrenmalt.
 En estas tierras ninguno de nuestros  dirigentes sabe de literatura. Tampoco de otras cosas. Bueno, de ciertas cosas saben más que los otros, que no saben. No es casual que en estos territorios se suele hablar de “hacer el verso” cuando alguien engaña a otro,  le miente,  lo embauca. Las estrategias son feroces, usted lo sabe, querido lector. “Uno no puede enfadarse con su tiempo sin salir mal parado” dijo Robert Musil. Al poeta le interesa el mensaje simbólico, la desmesura de la metáfora culta, la ingeniosa confrontación política. Altri tempi.
Uno no quiere ser injusto, pero nos  hipnotizan  de la mañana a la noche. Instalan en cada lugar algo que nos hace imbéciles, que nos alquila el cerebro, que nos consume energía. Sobrevivimos en la estupidez, en la ansiedad, en la demencia colectiva, en el populismo.  Nos encadenan a comprar, a casarnos, a visitar cementerios. Todo se minimaliza, rigen las leyes mercantilistas del mercado global. Mi tío abuelo, Giacomo Leopardi, subrayó que “el hombre no vive de otra cosa que de religión o de ilusiones”.
Eso es lo que le pasa al bardo, sale a caminar o se pone a escribir y se le llena la cabeza de imágenes, de citas, de hadas, de ensoñación, de mujeres hermosas que deambulan con velas por corredores de palacios abandonados. Llevan bucles dorados, senos blanquísimos y murmuran el asombro en la mirada... y los poetas se enamoran de esas cosas. Martín Heidegger tradujo “...no hay nada más inquietante que el hombre”. No es fácil la ambivalencia afectiva, lo maravilloso, el sentimiento de lo extraordinario o de lo esotérico. Ángeles y demonios cohabitan en nosotros.  La realidad deja en evidencia, siempre, las contradicciones de un escenario donde coexisten el altruismo y una compleja trama de intereses. La bondad y el fraude, lo poético y lo político. Sin entrar en las tensiones de la clonación.
 Seguimos de  cerca  palabras y  gestos del papa Francisco. Usted sabe que pienso, usted sabe como yo - no se haga el tonto o el distraído - qué significa el populismo, la demagogia y los símbolos. En el lenguaje diario a menudo se confunde la alegoría, el emblema y el arquetipo. No me haga hablar. Prefiero sentir como Schpenhauer "la metafísica de la música". Me enseñó a descubrir la insinuación de la tragedia. Hasta la próxima, caro amico.

Carlos Penelas

Buenos Aires, 12 de noviembre de 2018

viernes, 15 de junio de 2018

PRESUPOSICIONES EN LOS MILAGROS DE NUESTRA SEÑORA
(Hipótesis sobre el género literario)
JOSÉ ROMERA CASTILLO

Gonzalo de Berceo, escritor y preste. Para Berceo la creación literaria y la labor de apostolado son dos actividades que se separan entre si y se armonizan sutilmente. Actividades que adquieren un grado alto de parentesco al implicar una estrecha analogía entre el acto de escritura y el acto de predicación. Su quehacer de presbítero es, fecundado por su espíritu creador. Los hechos y problemas de su mundo profesional constituyen una rica reserva de la que extrae los materiales con los que construye su obra literaria. Como clérigo utiliza textos de la tradición culta; como escritor los manipula y recrea; y como sacerdote, hic et nunc, les asigna una función religiosa y docente. Con el fin siempre de convertir la palabra -ya sea en la predicación o en la escritura- en acto perlucotorio. [...] Berceo al emplear un discurso de un yo a un vosotros está realizando un acto individual de utilización de la lengua, una enunciacíón. Esto es, un acto de habla, por enmarcarse en una situación de comunicación como demuestran las marcas que en el lenguaje se inscriben por el hecho de ser usado. La teoría de los speech acts es una rama de la lingüística actual que, partiendo del valor performativo de ciertos enunciados propuesto por Austin y la subjetividad en el lenguaje de Benveniste, se ha ido desarrollando sobre los actos del lenguaje usual. Su radio de acción a la literatura ha sido poco estudiado hasta el momento. Algunos de sus postulados, sin embargo, creemos que pueden ser aplicados como intentaremos demostrar. Austin distingue tres dimensiones en el acto de habla: la locutoria (conjunto de procesos psico-fisicos necesarios para enunciar una frase), la ilocutoria (actividad social que se realiza al enunciarla) y la perlocutoria (reacciones que se pretenden lograr en el alocutor). Lo ilocutorio es la actividad que se hace al hablar (afirmar, ordenar, negar, preguntar, etc.) dentro de unas circunstancias determinadas, según han establecido filósofos del lenguaje como J.R. Searle, P.F. Strawson o el citado Austin. En el terreno literario ¿no constituyen los géneros literarios unos tipos de actos análogos a los actos ilocutorios del lenguaje estándar? La comedia frente a la tragedia, lo bucólico frente a lo elegiaco, lo autobiográfico frente a lo ficticio ¿no son paradigmas peculiares de actos paralelos a la aseveración, la negación, el mandato, etc? Al igual que todo discurso ordinario responde a diferentes tipos de actividad ilocutoria, todo discurso literario es un sistema de tipos ilocutorios, es decir, se inserta dentro de un género. Como los actos ilocutorios lingüísticos, los actos ilocutorios literarios son el reflejo de situaciones de lenguaje reconocibles por el lector al haber sido institutuidas por tal o cual comunidad en un tiempo de-terminado. Todo acto implica ciertas condiciones, ciertas intenciones, ciertos contextos, a los que se le asocia por convenciones sociales o literarias. De la misma forma que una pregunta se hace para obtener del interlocutor una información, al igual un género literario se define por los roles que juegue y los empleos a los que se le asocie. De ahí que Richard Oh-mann ha llegado a afirmar que «la literatura se puede definir como un discurso en el que los actos en apariencia ilocutorios son hipotéticos. Alrededor de estos actos, el lector, utilizando su conocimiento preciso de las reglas que gobiernan los actos ilocutorios, construye los locutores y las circunstancias hipotéticas -el mundo de ficción- que darán sentido a estos mismos actos». Los géneros literarios constituyen, en cada época, una clase de código implícito a través del cual tanto las obras del pasado como las de más reciente creación pueden ser recibidas y clasificadas por los lectores. Para la definición exacta de género es necesario, según J. Tinianov, distinguir los conceptos de forma (estructura inmanente de un texto) y función (la asignada a esta estructura). Entre ambos conceptos no existe una relación isomorfa: una misma forma puede tener distintas funciones y una función puede tener varias formas. Hecho que Vladimir Propp expuso en su Morfología del cuento. Desde que Platón en la República (Libro Tercero, 392 c y d) hizo la primera clasificación genérica (diegesis: presentación directa, habla el poeta; mimesis: representación personificada; y un tipo mixto: al poeta y los personajes se alternan como hablantes), pasando por Aristóteles, Quintiliano, los renacentistas o los neoclásicos, la definición de género literario ha sido eminentemente normativa. Fue Tomachevski, integrante del formalismo ruso, el que inició la óptica descriptiva del mismo. El campo de Agramante de la literatura se organiza en diferentes clases de obras que siguen unos procedimientos constructivos (mise en ordre para Pierre Kohler o moldes según Paul Van Tieghem) que son los rasgos dominantes que componen el género literario al que la obra pertenece. El escritor, pese a las variables que pueda introducir, asume el conjunto de convenciones y las íntegra en su proyecto artístico. Esta poética de afinidad de funciones hace que el género literario integre en su seno a obras con una serie convergente de procedimientos que presentan peculiares variaciones en cada una de ellas. Estamos ante un modelo estructural que se presenta en una época histórica dada al que el escritor se atiene en mayor o menor medida siempre. Pero, como en todo acto de lenguaje, en el quehacer particular de su acto de escritura el escritor tiene en cuenta una serie de presuposiciones. El texto, en general, es como un iceberg. La parte que emerge está sustentada por la base sumergida. Ducrot distingue dos modalidades en la implicitación lingüística: lo implícito discursivo (implicitación basada en el contenido, en la organización del enunciado o en el mismo hecho de la enunciación) y lo implícito no discursivo (presuposiones de un enunciado que no pueden derivarse del significado expuesto). Ducrot considera las presuposiciones como componentes de la significación literal y producto de un tipo especial de acto ilocutorio como es el de presuponer, paralelo a los de afirmar, negar, ordenar, prometer, etc. Los generativistas discuten la tesis de Ducrot, pero en su pormenorización no nos vamos a detener. En síntesis, podemos decir que las presuposiciones tienen unos rasgos propios dentro del acto del habla: en primer lugar, están ligadas al contexto; en segundo término, que algunas (las semánticas, no las pragmáticas) pueden mantenerse en situaciones diversas; y finalmente, cuanto más superficiales son menos necesarias, pasando, a veces, de ser condiciones de empleo a ser significaciones añadidas, sublatentes, o si se quiere complementarias, a la significación literal. Todo discurso debe cumplir dos condiciones: una, la ley del progreso informativo (aportar progresivamente nuevas informaciones); y otra, la ley de coherencia al parecer ciertos elementos regular y reiteradamente (el concepto de isotopías que señalaba Greimas en su Semántica estructural). El discurso literario se desarrolla (como el papiro de antaño) entre la innovación y la redundancia, pero para evitar el enfrentamiento recurre a progresar por me-dio de lo expuesto y a redundar por medio de lo presupuesto fundamentalmente. P. F. Strawson afirma que todo enunciado tiene como fin cumplir una serie de funciones, una de las cuales es la informativa. Para ello el emisor debe conocer las presuposiciones que posee el receptor si quiere que su mensaje tenga esa función informativa. El papel del receptor adquiere, así, una relevancia manifiesta. la función de las presuposiciones del acto lingüistico se establece como un pacto, todo lo sui generis que se quiera, entre el lector y el autor literario. Información que se aparea con la coherencia en el ámbito textual. Hecho que ha visto muy bien Teun van Dijk al considerar la coherencia del texto como una forma de referente: lo que un sustrato presupone lo presupone, de una manera directa o indirecta, acerca del contexto en el que surge el lenguaje, el literario en este caso. La literatura, como acto de arte verbal teniendo en cuenta el paradigma propuesto por Coseriu de sistema, norma y habla, constituiria la totalidad de elementos de un sistema modelizante secundario, según Lotman y la Escuela de Tartu, que forman lo que histórica-mente se conoce por conjunto de obras que utilizan una modalidad del lenguaje literal (aquel que se cifra, frente al usual, para ser reproducido en sus propios términos), el lenguaje literario. La Poética será la encargada, desde un plano teórico, de dar cuenta y explicación, basándose en los datos empíricos (las obras concretas), de un modo sistemático, coherente y progresivo (hasta el momento más que una ciencia es una disciplina que tiende a ser científica), de las constantes, que llamaban los formalistas rusos la literaturidad (O Literaturnost). Los géneros literarios serían parcelas de esa totalidad llamada literatura basados en unas normas (o moldes normativos) constituidas sobre la base de unos procedimientos o rasgos cuantitativa o cualitativamente dominantes que los escritores tienen en cuenta a la hora de la producción literaria. y cada obra en concreto sería el habla (en el sentido que los lingüistas dan al término) o praxis que un autor realiza teniendo en cuenta los elementos normativos o sistemáticos con mayor o menor consciencia. [...] Gonzalo de Berceo fue un reconocido autor de la Edad Media, consagrado a la vida religiosa como monje en el famoso Monasterio de San Millán de Cogolla, sito en el municipio homónimo, perteneciente a la Comunidad Autónoma de La Rioja. Poeta y monje de destacada influencia durante la Edad Media Pasa a la posteridad por ser el primer poeta de los tiempos medievales. Justamente por esta doble actividad de religioso y escritor es que Berceo perteneció al grupo denominado históricamente como mester de clerecía. CARACTERÍSTICAS DE SU OBRA: Al mismo lo integraron los clérigos literatos que sobresalieron en la producción de literatura medieval y que se caracterizaron por poseer: una instrucción superior a la común de aquel tiempo y por presentar sus producciones con una estructura métrica característica y denominada como cuaderna vía que estaba conformada por una estrofa que contenía cuatro versos llamados alejandrinos monorrimos; por el aporte en la difusión del latín; y por promover una poesía erudita contracara de la poesía épica de aquellos tiempos. ORÍGENES, ESTUDIO Y EXPONENTE DEL GRUPO MESTERES DE CLERECÍA: Berceo nació en el año 1198 en un municipio español perteneciente a la Ciudad Autónoma de La Rioja. Estudió en los llamados Estudios Generales, que sería el antecedente más inmediato de las actuales universidades. Se desempeñó como diácono, como presbítero y también como notario en el mencionado monasterio creado por el eremita Millán. Un hermano suyo también supo ser clérigo. De los mesteres de clerecía sin dudas fue su máximo representante y el que mejor expresó al grupo. Se ocupó de depurar el idioma para hacerlo más asequible a todos y además utilizó los recursos y fórmulas típicas de la literatura oral. Sus obras abordaban temas religiosos, y estaban estructuradas de modo muy didáctico para hacerlas sencillas de entender y para atraer al pueblo a su lectura. También solía hacer uso de las moralejas para brindarles a sus lectores una enseñanza. Sus creaciones buscaban entretener y brindar un mensaje moralizante. Generalmente versaban sobre biografía de los santos, en especial de aquellos a los que se les rendían culto en su monasterio, se contaba su vida, sus milagros en vida y los que realizó tras su fallecimiento. Fallece entre 1264 o 1268 en el Monasterio de San Millán de Cogolla.

Fuente https://www.quien.net/gonzalo-de-berceo.php

martes, 1 de mayo de 2018

Gabriela Mistral: EL SENTIDO DE LA PROFESIÓN




27 de mayo de 1931.


Discurso pronunciado por Gabriela Mistral en la Colación de Grados de la Universidad de Puerto Rico.

La noble Universidad de Puerto Rico ha querido ceder su palabra en este acto de graduación a un extranjero y por añadidura a una mujer: doble generosidad suya y doble deuda mía a que tengo que corresponder. Para olvidar mi extranjería me ayuda la memoria inmediata de Eugenio María de Hostos, un hombre de Puerto Rico, más un educador de Chile. Mi condición de mujer no tengo ninguna gana de olvidarla. Donde va un grupo de hombres a recibir honra colectiva y algún encargo para la vida, siempre está la mujer diciendo su admiración que le es fácil sentir y expresar, porque ella nació para admirar al hombre. Pero esta alabadora tiene el derecho de dar algunas veces a su alabanza el sabor agridulce de la crítica y de la imposición de obligaciones, porque también ella nació como una guardiana de la vida y como una socia natural de todos los negocios vitales.
Algunos de ustedes me conocerán cierta vieja ternura hacia los países pequeños que tengo dicha respecto de la Bélgica y de la Costa Rica ejemplares. Me gustan no sólo por ser yo hija de pequeño país, sino porque creo en las instituciones a base de calor humano y del frotamiento diario de las voluntades. Creo además en ese tipo de perfección que son las resinas en la botánica y las conchas de mar en la oceanografía, intensas unas y las otras en cuanto a bien labradas y perfectas en cuanto a menudas. Puerto Rico entra en mi conocimiento y en mi aprecio de la mano con aquellos tres países queridos
Yo agradezco a esta noble Universidad el que saliendo yo de mí trabajo universitario de Estados Unidos me permita hablar y servir a la raza mía, aunque sea de paso antes de mi regreso a Europa.
Amigos, ustedes saben cómo remueve las entrañas volver a escuchar la lengua propia, y qué faena dulce como bañada en la leche materna es la de pensar para su propia carne, cuando se ama bien la propia carne. Debo, pues, a ustedes desde la pisada en tierra latinoamericana hasta este espacio de aire en que respiran, gentes que son de mi casta, de ideología y, de mis gestos. Las Antillas constituyen gentes que son de mi casta, de mi ideología y de mis gestos. Las Antillas constituyen ese cuerpo místico que forma una cultura común.
La ceremonia de este día amigos graduados, es más una confirmación que un bautismo; la confirmación pública de la avocación humanística recibida hace seis años. Mucho más importante que el presente fue aquel acto íntimo, desarrollado sin fiesta, en el que ustedes decidieron verticalmente de la profesión o el oficio que adoptaban. Solemne de veras les parecerá a ustedes más tarde aquel día, igual todos, en apariencia, cuando respondieron al Maestro de los Oficios con el santo apelativo profesional: "ingeniero, médico, químico, profesor y abogado".
Las fiestas sacramentales del tiempo moderno son estas de la decisión vocacional y van adquiriendo más y más trascendencia. El sacro se retira poco a poco de otras fajas de la vida y viene a caer sobre la profesión o el oficio del individuo. Examinen ustedes con ojillo minucioso y jerarquicen los actos civiles. El matrimonio, que significaba una ceremonia terriblemente sería cuándo contenía la indisolubilidad del vínculo ha tomado en el mundo moderno no sé qué aire de estación de la vida, y hasta de temporada playera; las funciones políticas, que en los pueblos latinos del sur hacen todavía la calentura de la juventud se han abajado y desteñido en los pueblos sajones donde la economía reemplaza la política.
Por el contrario, la ocupación humana especializada, el menester profesional, la función intelectual o manual que hace vivir y que da de vivir, han crecido enormemente como indicadoras del rango del individuo.
Y es que tal vez, mis amigos, la única cosa importante es este mundo sea, bien mirada, el cumplimiento perfecto de nuestro menester. Me parece muy probable que la sola exigencia que debamos hacemos a nosotros mismos y la sola que deban los demás hacer pesar sobre nosotros, sea ésta del desempeño cumplido y leal de nuestra profesión.
Iría yo bastante más lejos todavía para asegurar a estos mozos de estación florida, que el oficio es cosa superiorísima al amor y aun al más sólido bloque de amor. Suelo mirar la profesión sin ajadura, sin ningún estropeo de la costumbre, más, bellamente bruñida mientras más vieja, verdadera Raquel y Lía a la que embellece cada hijo nuevo en tanto que el cuadro de la pasión amorosa suelo verle tan estropeado del uso, tan ensuciado por las pecas cotidianas del hábito que entristece mirarle el metal innoble que el tiempo rebaja de precio y envilece.
Tiene muchos visos de verdad una afirmación; anónima en mi memoria, y que yo leí hace años. Aseguraba ella que todo el desorden del mundo viene de los oficios y de las profesiones malas mediocremente servidas. Me dejó la frase rotunda perpleja en un comienzo y después dudando, como se duda siempre de los juicios simplistas.
Así, pues, pensaba yo: ¿no hay otra fuente que esa, de mal colectivo? ¿No existe al lado de ese daño un desquiciamiento, espiritual del mundo? ¿No hay problemas sociales de orden económico que causan la desgracia común?
He visto muchas cosas más tarde, por aquello de que ve bastante el que camina, por distraído que sea y he conocido la cara de casi todas las crisis en varios pueblos, dándome cuenta al final de que el asiento geológico de los males más diversos era el anotado: los oficios y las profesiones descuidadamente servidos. Político mediocre, educador mediocre, médico mediocre, sacerdote mediocre, artesano mediocre, esas son nuestras calamidades verdaderas.
Religión, moral, economía, pedagogía, forman solamente un cortejo ilusorio de la única realidad constituida por el oficio; todo aquello es, si ustedes quieren, un coro anecdótico de tragedia griega que recita con brillo pero que no puede eclipsar al Agamenón o al Prometeo esencial, que se llama el oficio o la profesión.
Con lo cual la, profesión se me ha vuelto a mí y quisiera que se les volviese a ustedes, la columna vertebral que nos mantiene la línea humana, la vertical del hombre, y lo demás se me ocurre ser carne servil y a veces muelle, o una decoración de gestos y sonrisas.
Conversaba yo una, vez con Ramiro de Maeztu sobre las diferencias que corren entre sajón y latino. Él me marcaba entre otras las siguiente que, al igual de la afirmación anterior, se me quedó hincada en la memoria por la gravedad que arrastra. El latino sería un hombre que suele desarrollar sus morales al margen de la profesión de que vive; el sajón sería casi siempre un hombre que trenza la moral adoptada con su oficio. Maeztu se puso a contarme como los obreros suizo-alemanes de relojería, por ejemplo; consideraban el reloj construido de su mano como una especie de testimonio personal, de rúbrica de su honradez y de piezas de su responsabilidad completa.
Verídica y terrible la observación. Nosotros conocemos tipos bastante opuestos al del relojero suizo. El abogado defensor de pleitos turbios suele pensar que su honorabilidad personal sufre poco o nada de sus defensas deshonestas; el médico torpe, por descuido en sus curaciones, duerme, come y vive tranquilamente, encima de su degradación profesional; el pedagogo que se consiente didáctico del 1800, estima que el no informarse y el sestear sobre pedagogía relevada, no tiene gran cosa que hacer con su probidad de hombre, y en nosotras las mujeres que concedemos importancia segundona a las cosas que no son el amor, este negocio anda más o menos lo mismo. Las excepciones agudas robustecen espantosamente la regla.
Mucho más que el hombre latino, que al cabo cuenta al sabio francés para salvar su déficit; es el latino americano quien, ha hecho una cortadura traicionera entre oficio y moral, entre función pública y conducta individual. Hasta tal punto sube entre nosotros esta falta, yendo desde la culpa al delito, que ya el grado universitario o el "título oficial dicen bastante poco, y son más bien aproximaciones que afirmaciones. Decimos "licenciado", y el substantivo de toda substantividad, no agrupa a nadie; decimos "químico", y el apelativo tan técnico no asegura ninguna técnica; decimos" ingeniero", y el jefe de una empresa de minas pedirá al candidato un noviciado de prueba antes de entregarle la dirección de laboreo.
De tal manera, hemos venido a parar en una especie de quiebra del crédito universitario en casi todas partes. Y la Universidad donde quiere que exista debe construir una institución de calidad pura, de apretada selección.
El mal ha abultado tanto que su evidencia pide una enmienda radical y rápida y como es natural la pide de los universitarios mismos que cuando son buenos padecen el daño acarreado por los malos. Se trata de reedificar un crédito caído de bruces y de ponerse a lustrar de nuevo esta noble chafalonía metida en herrumbré, del prestigio de los grados.
Yo me permitiría señalar semejante misión a los jóvenes de cuya graduación soy testigo, en cuanto a vieja amiga de la gente moza, y en cuanto a mujer entrañablemente interesada en esto de la grandeza y la decadencia profesional o gremial. Yo pediría a ustedes que mediten sobre este asunto que yo solo deje apuntado con una flecha indicadora, y que se decidan a comenzar una cruzada interior y exterior por la dignificación profesional. Digo interior, porque cada día creo más en que las reformas salen del tuétano del alma y asoman afuera firmes como el cuerno del testuz del toro, o bien se hacen en el exterior como cuernecillos falsos pegados con almidón. El primer tiempo será pensar la profesión lo mismo que un pacto firmado con Dios o con la ciencia, y que obliga terriblemente a nuestra alma, y después de ella, a nuestra honra mundana. El segundo tiempo será organizar las corporaciones o gremios profesionales, donde no existen, y donde ya se fundaron, depurarlos de corrupción y de pereza, vale decir, de relajamiento. El tercer tiempo, será obligar a la sociedad en que se vive, a que vuelva a dar una consideración primogénita a las profesiones que desdeña y rebaja.
La tercera grada sube blandamente desde las otras dos: a la larga siempre se respeta lo respetable, y se acaba por amar, lo que presta buen servicio.
El orgullo del título es hermoso y razonable como el de cualquier campeonato, y yo miro con gusto las caras radiantes de los jóvenes que han venido a recibir en un diploma una especie de nombre nobiliario.
Cada profesión es de hecho un linaje y saltar de la banca obscura a la platea asistida del reverbero justifica una complacencia, mucho más todavía en la juventud. El linaje de los profesores comienza si se quiere con Moisés, cae sobre Aristóteles el súper-didáctico, y sigue serpenteando hacia Rousseau, Pestalozzi y Froebel. El linaje médico, para no mentar sino una más, ha contado ayer a Pasteur y tiene aún a Dios gracias a Ramón y Cajal.
Pero es grave cuidado, como ustedes saben, la guarda de los linajes intelectuales, mucho más escabroso que la de los otros linajes. El peso de la honra que se trae consigo cualquier profesión, vieja o moderna, abruma de obligaciones porque abruma de mérito cumplido.
Amigos míos, es mi deseo que algunos de los nombres que van a pronunciarse en esta sala, entre en la categoría de las iniciales de su rama y vaya derecho a la familia de los patronos de su asignatura. Amigos míos, que yo haya tenido la dicha de ser la madrina ocasional de un químico, de un botánico o de un profesor fundamental de aquellos que nuestra raza raleada de hombres de ciencia necesita tanto. Amigos míos, que mis palabras de mujer que no ha buscado en este mundo sino ver el mérito del varón para acatarlo y mimarlo, caigan en algún espíritu de ustedes como un semillón rojo de ambición razonable y de sugerencia ayudadora. La tierra de Eugenio María de Hostos me consiente el que yo deje caer este augurio que parecería desorbitado en otra tierra ayuna de competencia.
FRANCIA trabaja. Ni menos que Bélgica, ni menos que Italia, ni menos que Suiza; un ritmo de trabajo común con el de estos países, que tienen el rubro de pueblos activos. Se dirá tal vez "menos laboriosa que Alemania o que los Estados Unidos". No, la misma suma de esfuerzo, pero con las industrias no estandarizadas y con un capitalismo mesurado que no alcanza las cifras astronómicas de los otros. Porque todavía existen en Francia la pequeña industria, y Dios se la aguarde, porque es cosa buena o con no sé qué he de cristiano en frente de la usina demoniaca de los trust.
Trabaja a Francia. El lugar común de una Francia de placer, derrotada en su economía por su índole gozadora es uno de esos afiches tontos que es necesario desteñir.
La clasificación de países virtuosos y de países de vicio que la guerra quiso hacer con sus manos de truhan, es una necedad de que hay que limpiarse. La desgracia económica de Francia tiene no una sino muchas causas y entre éstas no está a la indolencia.
La rectificación ha de empezarse con esto: Francia no es París; Paris es una especie de zona abandonada al extranjero. Y seguir con esto otro: la provincia francesa tiene tan limpia la costumbre, tan sobrio el goce y tan colmado de faena el día como la provincia de cualquier otro país.
Paris es una capital en que el francés se ha asumido voluntariamente relegándose a un tercer plano. Algo semejante al sistema también francés de casas de tres pisos, en las cuales la prudente propietaria alquila los dos primeros a ingleses que pagan bien y acomoda su vida a al restante. Por mucho que se hable de la inversión extranjera en Francia, nunca se dirá lo bastante:
Es una avalancha verdaderamente amazónica, con todo el desorden y la heterogeneidad violentada de materiales que lleva un río americano hacia el delta. No hay ciudad santa de las épocas místicas que haya hecho esta movilización elefantina de razas; no ha habido nunca otra ciudad de esas que D’Annunzio presenta magnéticas como mujeres, que levanten tal pasión de conocimiento; ni se hace en los pueblos otro acuerdo como éste, de elegir una misma zona común para el placer... Sí el frenesí va en aumento -y lleva a esas trazas- llegará un día en que París sea hotel en toda casa donde no sea museo, academia o banca...
El extranjero se mueve, naturalmente, con sus apetitos y su hábito, y viene a pedirle a la ciudad ajena su complacencia. De este modo, el extraño no sólo desplaza al dueño de la casa sino que le va echando a un lado su costumbre, su manera de espectáculo, de moda, de arquitectura.
Dos clamores de la prensa nacionalista: "¡El inglés está comparando toda la costa azul!" "¡El americano está envileciendo el teatro!"

Los dos clamores tienen razón.
La dulce tierra de Francia (que no es dulce sino en el mediodía) es grata al reúma mundial, sobre todo los pobres huesos sajones, cuyo único sol se levanta... en la India. Dulzura de las playas soleadas que quedan a doce horas de Calais; a sólo doce horas de la niebla viscosa y fea están el viñedo de oro y fresal suave de la Provenza. Es necesario perdonar la flaqueza sajona de que ha aprovechado de la libra a 250 francos para comprar en la costa clásica el pedazo de suelo con palmeras o plátanos dichosos.
Cosa más grave es la otra. La danza negra, la muy física, por no decir fisiológica danza negra, ocupa por temporadas enteras los teatros que París reservaba antes a su comedia, y, como complemento, la música negra, trampa en que ha caído el yanqui rubio, se oye en todas partes, invade lo mismo hoteles de los millonarios que bares infames.
"Son bárbaros -dice el francés- que no contentos de gustar semejantes ritmos en sus ciudades de búfalos, los plantean en nuestros boulevard y los pagan en el dólar como cosa suya".
"¡Josefina Baker, la negra, gana una noche lo que Bergson en un año y el balanceo sudoso de sus caderas hace gozar a estos cuákeros de Nueva York o estos sudamericanos... católicos!"
La xenofobia fabulosa de estos años en Francia ha sido acicateada por la prensa con frases peores todavía. Los auto-carros, pesados e insolentes, que cierran el tráfico en la Opera o en los italianos, ha han sido apedreados tanto por la baja del franco como por estas feas vilezas.
El turista vuelve a su tierra y, si es periodista, se vengará escribiendo cualquier necedad fácil sobre el vicio desaforado de Francia, donde todas las locuras tienen su sede, bien pagada y bien confortable.
No vio Francia, el infeliz; vio en el delta de los pueblos, con el hediondo limo de acarreo que hace montaña. Vio lo peor de lo suyo y de las otras razas.
Pudo mirar a Francia yendo con lentitud por la Provenza latinísima, por la Carcasonne romana, por la Tolosa española. Habría conocido la Francia que trabaja diez horas y que hace los paños en Lyon y los linos de Lille. Habría observado este francés que, aunque tenga sus cinco sentidos y medio de sensual, es económico y no duplica frenéticamente su goce, y que, sobre todo, es mesurado por su cultura vieja.

Gabriela Mistral


sábado, 11 de noviembre de 2017

Los desconocidos días de la Mistral en Estocolmo

Entrevista, sábado, 20 de diciembre de 2008.
Por: Luis Miranda Valderrama.


Beritta Sjörberg, 89 años, camina con rapidez por el living de su casa en El Arrayán. Sus ojos azules van de un lado a otro mostrando cuadros pintados en marfil, sillas fabricadas en Francia antes de la revolución de 1789 y fotos del centenario castillo familiar en Suecia. Beritta sonríe, sus ojos buscan ahora una pequeña revista diplomática de mala impresión donde aparecen fotos antiguas de embajadores y reuniones sociales. Y allí está. Sobre una mesa de centro, muy fina, se encuentra el testimonio. La abre y muestra una foto suya, rubia, hermosa, sonriente, al lado de una mujer serena, de rasgos duros y pelo cano, sin maquillaje: Gabriela Mistral.
-          "Ahí estoy yo, ¿me ve?", dice. "Yo estuve al lado de la Gabriela durante toda su visita a Suecia, para el Nobel. Tuve el honor de estar cada vez que ella me necesitaba".

La primera vez que Beritta vio a Gabriela Mistral fue en la cubierta de la motonave Ecuador, a un par de millas del puerto sueco de Gotemburg. Era el domingo 9 de diciembre de 1945, de noche; estaba lloviendo y nevando. Beritta Sjörberg era una joven sueca de una familia adinerada que había comenzado a trabajar como secretaria administrativa en la legación chilena en Suecia. Y con pocos meses en su puesto, recibió la misión de acompañar a Gabriela Mistral como traductora.
El barco no había podido llegar al puerto porque su carga de algodón comenzó a incendiarse y era peligroso recalar, de modo que Beritta contrató un bote que fuese a buscar a la flamante Premio Nobel de Literatura. Estaban la poetisa y su secretaria personal, Marion Terra.
-          "Era un invierno infernal. Muy triste -recuerda hoy, mientras revisa las fotos-. Había terminado la guerra hacía unos pocos meses y Europa aún estaba aturdida. Cuando el bote se acercó al barco, ella tenía dificultad para bajarse. Al llegar a tierra pasó una cosa muy inesperada. Le había comprado unos pasajes para el tren a Estocolmo, en primera clase. Pero de repente se apareció una muchacha de la Juventud Comunista de Gotemburg, y ¡casi me la roba! Habían organizado un acto en la universidad para darle la bienvenida. Pero yo me negué; discutimos, porque la Gabriela debía estar a las 8 de la mañana del día siguiente con el embajador y la gente de la Academia. Cómo la iba a dejar allí, perdida en Gotemburg".

Beritta ríe fuerte. Vive sola con un perro, un jardinero y una empleada. Enviudó hace cuatro años. Su mejor forma de vida es el recuerdo.
-          "Gabriela Mistral hablaba mucho", dice. "Cuando estuvimos en el tren me contaba de su estadía en Brasil, de lo que le alegraba estar en Suecia. Que el premio había sido inesperado. Le había llamado la atención el frío. Su secretaria no estaba, pensé que había perdido el tren, pero después de buscarla por todos los vagones la encontré en un asiento de tercera clase con un tripulante del barco. Cuando llegamos a Estocolmo todo el mundo quería verla, saludarla. Era una celebridad. La acompañé al Gran Hotel de Estocolmo". 
-           
El vestido de terciopelo

Para los suecos, la Mistral significaba el regreso de la premiación del Nobel. Era un símbolo. Después de una guerra que destruyó Europa, dejándola en la bancarrota, esta pequeña celebración otorgaba un grado de normalidad. Se trataba de volver a la vida en paz. Pero para Gabriela Mistral era un reconocimiento amargo. Dos años antes había perdido a su sobrino Yin Yin, quien se suicidó a los 17.
-          "Nunca la vi triste ni deprimida", cuenta Beritta. "Su agenda estaba siempre llena de eventos. Ella se quedó semanas en Estocolmo y todos querían pertenecer a la Gabriela durante unas horas. Pero le diré que era muy digna y de un trato muy educado. Siempre tenía un tema de conversación y era muy amable con todos, aunque se cansara. Lo único extraño es que a ella le costaba dormir. Yo le traía leche tibia, pero no le gustaba".

El lunes 10 de noviembre, en la mañana, se produjo un inconveniente que Beritta debió resolver. Gabriela Mistral no tenía un vestido para la gran ceremonia de la noche.
-          "Me pidió que le fuera a comprar un vestido muy particular", recuerda Beritta. "Que fuera negro, de terciopelo, manga larga y que le llegara hasta los pies. Encontrar un vestido así en una ciudad en donde se comía un huevo a la semana y 250 gramos de comida al mes, resultaba complejo. Pero encontré cinco vestidos con esas características y uno de ellos le quedó perfecto. Fue el que usó en la entrega de los premios. Yo no fui a la ceremonia, pero esa fue mi manera de estar allí. Días después, en el negocio donde compré el vestido pusieron la foto de la Gabriela y escribieron: 'Aquí se vendió el vestido de la Premio Nobel de Literatura'. Y a mí me regalaron un ramo de flores, lo que en Estocolmo, en diciembre, es como regalar un diamante". 

El sueño cumplido

Beritta lleva puesto un traje de dos piezas de color crema y una espléndida blusa con un estampado que asemeja un tablero de ajedrez. Observa la foto de ella con Francisco José Oyarzún, diplomático, chileno: su esposo.
-          "Cuando era una niña veía a toda la gente a mi alrededor rubia, de ojos azules. Era una época en que la gente no viajaba y todos éramos así. Pero yo soñaba con un príncipe indio, de piel morena, ojos café, pelo negro. Nunca había visto gente de ojos café".
La buena situación de su familia le permitió hacer un viaje a Sudamérica en enero de 1939, seis años antes de su encuentro con Gabriela. Tras cruzar el Estrecho de Magallanes, el barco en que viajaban ella, sus padres y su abuela arribó al puerto de Valparaíso. Visitaron la ciudad y fueron a Recreo a tomar once. Ahí quedó embrujada.
-          "Nos sentamos y ahí estaba: un joven vestido de blanco, con otros muchachos. Y era como me lo había imaginado: moreno, de ojos café y pelo negro. Lo miré tanto que mi madre me dio un codazo. Él no me vio. Partimos de vuelta al barco y seguimos nuestro camino. En septiembre de 1939 los alemanes invadieron Polonia y empezó la guerra. Pero a ese hombre jamás lo olvidé".

Durante la Segunda Guerra, Beritta participó en labores de vigilancia (debía permanecer en el techo de una construcción y apagar el incendio con arena en caso de ataque de bombarderos). Gracias a que sabía cinco idiomas fue corresponsal de guerra para un diario japonés. Pero tras el fin de las hostilidades fue contratada como secretaria en la legación chilena en Suecia. Allí debió ser la traductora de Gabriela Mistral durante su visita, y un año más tarde sucedió lo increíble.
-          "Me avisaron que vendría el próximo secretario de la legación de Chile en Moscú", cuenta. "Tenía mis ojos en la máquina de escribir cuando se presentó. Lo vi y por única vez en la vida no tuve nada que decir. Ese hombre era el mismo joven que había visto en ese café en Recreo, siete años antes".

Francisco José Oyarzún la miró, le dio la mano y partió a Moscú. Pero ese reencuentro provocó una crisis en Beritta. Estaba comprometida con un destacado cardiólogo sueco, quien le había regalado un anillo de diamantes para sellar el compromiso. En su siguiente viaje a Estocolmo, Oyarzún la llamó y le pidió que salieran. Beritta respondió que no podía, porque tenía que pasear en el yate de su novio. El día del paseo, Oyarzún se presentó en el muelle.
-           "Quién es ese cabeza de ratón", preguntó indignado el novio de Beritta. Un par de días después, salieron.
-          "Me propuso acompañarlo a Moscú y le respondí que en qué condiciones. Francisco me dijo que como su esposa. Estábamos frente al mar. Me saqué el anillo de diamantes que me regaló mi novio y lo lancé. Nos casamos 10 días después".

En Moscú, Beritta conoció al temido jefe del Estado soviético, Joseph Stalin. Y lo hizo reír a carcajadas.
-          "Fuimos invitados al Bolshoi y llegó Stalin. Todo el mundo estaba nervioso. Había una larga fila de diplomáticos para saludarlo y nosotros éramos los últimos. Stalin daba la mano y no decía nada. Cuando nos tocó, se me ocurrió una cosa. Con mi mejor ruso le dije: 'La estación de trenes está a la derecha'. Stalin me miró y preguntó a sus traductores. Y luego le respondí que esa era la única frase en ruso que me acordaba de mis clases. Estalló en carcajadas. Muy poca gente lo había visto sonreír. Ese día la delegación chilena fue la más requerida. Todos le preguntaban a mi esposo lo que habíamos hablado con Stalin, el hombre más poderoso del mundo. Mi esposo estaba orgulloso de mi".

Nadie pensó que iban a durar, siquiera, 12 meses casados. Pero estuvieron 58 años juntos. Hace cuatro que él murió.
-          "Está conmigo siempre. Fue un hombre encantador. Un día, siendo embajadores de Chile en Bruselas, estuvimos en una hermosa fiesta. Fue el día más feliz de mi vida. Bailamos Guantanamera. Y le diré una cosa, hasta el día de hoy imagino que bailo con Francisco esa canción. Aquí en la casa, los dos juntos".

Beritta baja la vista, los ojos se le entrecierran. Cambia de tema.
-          "¿Sabía que el vestido que le compré a Gabriela Mistral para que recibiera el Nobel fue el mismo con que la vistieron cuando falleció?", dice. "De alguna extraña manera estuve cerca de ella, incluso en su muerte, ¿no cree?" 

Las uvas de Gabriela

Gabriela Mistral estuvo cerca de un mes en Suecia. Las universidades le solicitaban charlas, los embajadores querían conocer a la primera latinoamericana en ganar el galardón y la prensa potenciaba su fama. Pero, a no ser que fuese realmente importante, Gabriela no salía del Gran Hotel de Estocolmo. Jamás quiso comprar más ropa que ese vestido negro de terciopelo. Un día, cerca de las tres de la tarde, nublado y oscuro, salió al balcón de su habitación. Miró al cielo y le dijo a Beritta.
-          Parece que el sol nunca sale en Estocolmo.

Un día fueron a un colegio, y los niños le cantaron y le regalaron dibujos que la poetisa agradeció emocionada. Le pedían que hablara y, en una ocasión, durante el postre se puso de pie y habló tanto que el helado se convirtió en una sopa. Beritta siempre a su lado, traduciendo. A solas, muchas veces.
-          "En varias oportunidades me han preguntado: tú que estuviste tanto tiempo con ella, ¿era lesbiana? Yo era una mujer joven, era bonita, no como ahora que estoy vieja y la belleza no existe en mí. Pero frente a esa pregunta yo respondo que no. Me hubiera dado cuenta si lo hubiera sido, con un gesto, una mirada extraña. Estuve en muchas ocasiones sola con ella. En su habitación, por ejemplo. Y nunca advertí algo extraño".

La visita concluyó con una cena que el padre de Beritta organizó en honor de la chilena. Arrendó un trineo con antorchas que transportaría a la poetisa desde el Gran Hotel hasta la mansión familiar. Invitó a diversas personalidades, incluido el embajador de Chile en Suecia, Enrique Gajardo Villarroel, y miembros de la Academia Sueca. Y, como broche de oro, mandó a traer un racimo de uvas desde África del Norte por avión.

Pero no todo salió como se planificó.

-          "El trineo era hermoso, Gabriela fue acomodada allí y cubierta con pieles de lobos. Pero sucedió algo insólito para esa fecha: comenzó a llover y la nieve se deshizo. El trineo a duras penas podía ser movido por los caballos y las antorchas se apagaron. En la comida, Gabriela estaba cansada y se apoyó en lo que creyó que era la pata de la mesa, pero se trataba de la pierna de un miembro de la Academia Sueca, que se había quedado paralizado para no importunar a la invitada de honor".

El sol ilumina el jardín de la casa de Beritta. El jardinero corta el pasto con serenidad monacal. El mundo de Beritta, sin embargo, ahora está en Estocolmo, en esa maravillosa cena organizada por su papá; ella vestida como una princesa, en invierno, con lluvia.
-          "Llegó el momento del postre. Mucha de quienes estábamos en esa comida no habíamos visto una fruta en siete años de guerra. Mi padre presentó ese enorme racimo de uvas, con un hielo iluminado por debajo. Todos quedamos sorprendidos. A un costado había una tijera de plata para cortar una o dos uvas. Se lo mostraron a Gabriela, pero nadie sabía que ella provenía de un valle lleno de esta fruta. Cuando lo vio, agradeció y, bajo su costumbre, se comió el racimo entero. Quedamos en silencio. Ella no sabía y nosotros tampoco. Pero era Gabriela Mistral, la Premio Nobel de Literatura. Importaba más que comer una uva después de tantos años".

Cuando Gabriela Mistral se fue de Estocolmo, abrazó a Beritta. Le deseó lo mejor y luego le escribió una pequeña nota con la esquela del Gran Hotel que Beritta conservó por años, hasta que la dejó en una cartera que luego botó por error. Le agradecía su dedicación, su paciencia.
-          "Nunca tuve un roce con ella", cuenta. "Era una mujer templada. No se peleó con nadie del hotel, soportó las reuniones. Tampoco generó una cercanía especial con nadie. A pesar de que yo luego me casé con un chileno, jamás volví a verla".

Beritta vuelve desde 1945 y sonríe. Mira las fotos y las reúne en un puñado.
-          Aquí está mi vida -dice-. Y he sido feliz, el resto es humo.

jueves, 9 de junio de 2016

Federico García Lorca - Aniversario UCHE; 5 de junio de 2016

Los Caballeros de la Orden UCHE, saludan a García Lorca


¡Sí...! tras el fusilamiento, Lorca sobrevivió? La distancia temporal o espacial no le quita importancia a la muerte del Poeta Humano. Con él, recordemos con tristeza las represalias franquistas de la que fueron víctimas republicanos y republicanas, artistas, maestras y maestros, poetas... A todos aquellos que por ejercer cabalmente sus oficios perdieron la libertad, la dignidad, perdieron la vida... Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, Miguel Hernández y tantos otros poetas merecedores de homenajes.
¡Poetas del mundo con “Lengua de mariposa”!, ideas, palabras y actitudes del alma, nuestra alma, plenos de amor. Servidores de la libertad del Ciudadano y sus términos, libertad personal, en Dictaduras o en “Democracias”. Intelectos que ejercen su oficio identificándose con la nobleza y su trabajo, han vivido en su piel la represión, cárcel, tortura, muerte, y con lo más hermoso... ¡su dignidad!
Federico fue visto en Santiago de Chile...
Historia que cuenta un poeta bohemio y nostálgico en la barra de la Unión Chica (Nueva York 11, Santiago de Chile):
...que después del humo de metralla, se vio sólo una luz...
sí, un cadáver.. el poeta no estaba ahí... quizás presencia espectral, qué se yo...
pero ya no estaba ahí... no me insista, fue una luz... ¿acaso usted no lo siente?
El poeta Federico García Lorca estuvo presente en Ricardo Cumming con Av. Libertador Bernardo H´Ohiggins. Iglesia María Auxiliadora en donde se firmó la paz entre Argentina y Chile, día de su cumpleaños... Ese día, lo homenajeábamos con desconsuelo y alegría... en el preciso momento que se daba a luz la Fundación Unión Chilena de Escritores... por qué no... ¿por qué no puede ser?... es más, es el primer Socio Plenipotenciario de la Fundación, es el día que nació el Vate y de la Fundación Unión Chilena de Escritores.
En fin, es el día que volvió a nacer... salud por eso, con un “Ajenjo” verde como la naturaleza que nos proporciona vida... -trago que también nos la quitó-. Salud a los versos de Lorca... gracias al tiempo que nos quitaron de nuestras barras ese trago que “hacía enloquecer y convertir al hombre en criminal, una bestia y amenaza para el futuro de nuestro tiempo”... Viva el vino, el mosto de García, a sus versos...
Retrocedamos en el tiempo para acompañar a un joven Federico García Lorca que, una mañana de 1920, llegó a la famosa Residencia de Estudiantes de Madrid, coincidiendo con otros grandes como Buñuel, Dalí, Pepín Bello, Rafael Alberti, María Teresa León y tantos otros... Estandartes de la Orden de Toledo...
Quizás hoy quisiéramos ser tan románticos para seguir los cinco preceptos de la “Orden”: vagar toda una noche por Toledo, borrachos y en soledad, no lavarse mientras se estuviera en la ciudad y acudir una vez al año. Sin embargo, somos quizás, parte de otras leyendas, de la misma miseria y putrefacción humana que no ha muerto. Porque el Ciudadano necesita de los poetas y de una organización cultural a la altura de los grandes homenajeantes.

Viva la Poesía: Amor, Dignidad, Humanidad, Libertad, Paz y Solidaridad...

Ser... Hacer... Tener...