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jueves, 28 de mayo de 2020

Gabriela Mistral: Como se ha hecho una escuela granja en México


Repertorio Americano, 27 de mayo de 1923.

La escuela más pobre de México. -Una colmena de octubre- -Un maestro que no es especialista- -El intelectualismo de las Escuelas Normales- -Su falta de espíritu- -La adquisición de la tierra- -La ayuda del Ministerio de Agricultura- Banco y Caja de Ahorros Escolares.
Empiezo mis impresiones de la enseñanza en México con la más pobre de todas las escuelas, con la que encontré más desnuda en mi primera visita, y a la que he visto crecer bajo mis ojos, en dos meses, por una de esas maravillas que sólo hace el Espíritu, que no podrá hacer nunca sino el Espíritu.
Para llegar hasta ella el automóvil me hizo atravesar el barrio (o rumbo, como aquí se dice) más abandonado y feo de la gran ciudad; puro arrabal, casas de obreros y trabajadores, semejantes a aquellas otras en que nosotros arrojamos a morir a nuestro pueblo obrero.
Al entrar en la escuela a mi primer pensamiento fue mezquino: “¿Para qué traerán a ver un colegio tan pobre a una extranjera?” Porque es de estilo en estos casos en muchas partes mostrar a los visitantes los grandes colegios de parqués brillantes y de aulas decoradas.
Pero el pensamiento maligno desapareció en cuanto yo llegué al primer patio. Una multitud de niños, de pobrecillos desamparados hacía labores de huerto; regaban, removían la tierra, desmalezaban, entre un rumor jubiloso de colmena de octubre.
Fui acercándome desorientada primero. Una hora después mi estado de alma era un respeto y un fervor religioso por lo que estaba viendo.
Tenía delante de mí realizada en tierra mexicana la escuela que soñó León Tolstoi y que ha hecho Tagore en la India; la racional escuela primaria agrícola que debieran formar el ochenta por ciento de los colegios en nuestros países.
El maestro que me guiaba, iba apoyándose en su azadón.
Le pregunté de qué escuela Normal tenía título, para rastrear la fuente de un espíritu extraordinario en el gremio pedagógico, por su sentido práctico. Supe que salió de una Normal, a poco de haber entrado, lleno de desencanto. Ha sido un bien. Las Normales suelen entregar excelentes educadores; yo cuento entre mis amigos de Chile y México algunos de ellos; pero son excepciones tardías, distanciadísimas excepciones; la regla es que caracteriza a estos colegios una congestión libresca, que dan a sus alumnos una vanidad intelectual enorme que puede verse en el hecho de que el normalista chileno considera una injuria que se le dé un nombramiento de escuela rural y si llega a ésta, vive al margen de la población campesina, desdeñando a ese pueblo del cual viene siempre, y al cual está destinado. Caracteriza a los estudiantes de pedagogía el concepto un poco infantil de que el aprendizaje de las biografías de todos los maestros de verdad, los Pestalozzi, los Froebel, significa alguna adquisición efectiva, siendo que lo único necesario es QUE LA LECTURA DE ESTAS BIOGRAFÍAS LOS ENCIENDA DE APOSTOLADO Y LES DÉ EL ESPÍRITU HEROICO QUE HA SIDO EL DE ESOS HOMBRES Y sin el cual una cultura -pedagógica, filosófica, científica en general - no le servirá sino para para ser lucida en un discurso de aniversario...
 - ¿Cómo hizo usted esta escuela, compañero? - fui preguntándole. Estábamos sentados delante de una mesa rústica y yo compartía la comida frugal del hombre tolstoiano.
Y fue contándome la formación de su Escuela Granja, con la sencillez con que nuestros campesinos cuentan la poda de sus árboles.
 -Este terreno, -empezó diciéndome, - formaba el parque “Francisco Madero”, enteramente abandonado y que si de algo servía era de sitio de bacanales populares en los días festivos, de borracheras y riñas de la infeliz población aglomerada en torno.
La Sección de Desayunos Escolares que sostiene el Gobierno, enviaba aquí diariamente a su jefe, señorita Elena Torres, para hacer el reparto en la Escuela Primaria que daba al parque. Fue suya la idea de solicitar el gran terreno baldío a la autoridad, y destinar las dos hectáreas a una Escuela -Granja que sería el primer ensayo de esta índole hecho en la enseñanza primaria en México.
Se obtuvo la concesión. Afortunadamente mis jefes me dejaron en entera libertad de acción; no se me fijaron programas; no se me ataron las manos con reglamentos.
Un día comencé a cultivar una parcela en el centro del terreno, y dije a los niños solamente que hicieran lo que yo fuera haciendo.
Ellos verificaron el reparto del suelo en pequeñas secciones y se las distribuyeron. No les di lecciones previas de agricultura, porque no creo en la enseñanza teórica, sino como cosa paralela a la práctica, y a veces como cosa posterior a ella.
Se fue poblando la tierra eriaza y fea de las pequeñas manchas verdes de hortaliza. Había que ver con qué ardor trabajaban mis pequeños agricultores, siempre con mi vigilancia, pero sin mi ayuda, para enardecerlos de esfuerzo. No he querido matarles la alegría ingenua de que descubran ellos, de que se sientan menudos creadores...
Vino la cosecha. La hizo cada uno por separado en su parcela.
Yo envié a algunos niños a invitar al Ministro de Educación para que la viera. Y aquí comienzan las numerosas incidencias gratas que han ido levantando la escuela pobre, creándole el prestigio y la simpatía.
Los niños pedían inútilmente una entrevista con el atareado funcionario.
Cuando el señor Vasconcelos supo de qué se trataba, los hizo pasar, entre el asombro consiguiente de los empleados subalternos. Vino a la escuela, vio la cosecha y desenterró algunos betabeles (remolachas). Y este hombre que tiene un ojo tan agudo para mirar lo que en la enseñanza es corteza pintada y muerta, y lo que es verdad viva, tuvo una mañana de alegría y comprendió lo que de allí iba a nacer.
Yo dejé que cada uno de los niños se fuera al mercado con su liviana cosecha. Volvieron descontentos a contarme que los revendedores les habían pagado muy mal las legumbres y les habían dicho que no les convenía perder tiempo en adquirir lotes tan insignificantes.
Dedujeron ellos mismos que necesitaban asociarse y encomendar a uno solo la venta total. Dedujeron, además, que no toda la semilla empleada había sido de buena calidad y que deberían comprarla selecta. El mismo día se fundó la cooperativa para adquirir semilla y se nombró el encargado de la venta. Se crearon también un Banco minúsculo y una Caja de Ahorros. Las utilidades se distribuirían de este modo: un tercio para la adquisición de útiles y otro para la Caja de Ahorros, hasta capitalizar cinco pesos (veinte pesos chilenos), con lo cual adquiriría un traje cada uno de los pobrecitos campesinos.
Cuando después de tres cosechas varios niños pudieron comprar calzado y ropa, y los efectos de organización fueron apreciados por ellos mismos sin necesidad de que se les hiciese una lección sobre el asunto, el entusiasmo fue tal, que tuve a mi alrededor un clamoreo de peticiones de tierra, y la escuela aumentó su matrícula espléndidamente.
Les dije que había que conseguir esa tierra dando a conocer la escuela; irían ellos a cada uno de los periódicos y traerían a los reporteros a VER lo conseguido y no a oír disertaciones interesadas... Se buscaría la ayuda de los jefes del Ministerio, en ausencia del Licenciado Vasconcelos. Se traería aquí a los miembros de las sociedades agronómicas. Les aseguré que todo vendría, desde las herramientas hasta los terrenos. Y este conozco a mi raza. Sé que todo está en convencerla CON LA VISIÓN DIRECTA DEL BIEN QUE SE HACE, Y que hay un descontento muy grande hacia la vieja escuela primaria, que se nos hizo retórica y perdió el sentido de la realidad, descontento que sólo espera ver surgir una cosa diferente y verdadera para reemplazar lo que ha fracasado.
Hasta aquí llegó mi primera conversación con el maestro Arturo Oropeza. Ya empezaba la campaña de la prensa. Cada día yo iba leyendo uno y otro artículo y sentía un placer muy grande por la comprensión de este pueblo hacia el oscuro maestro del arrabal.

(De, “Antología General de Gabriela Mistral – Misterio y Fascinación”, compilación, Mario Artigas)

sábado, 3 de agosto de 2019


JOSÉ CHAPOCHNIK… Y EL CERRO DE GABRIELA

Por: Sandra Maldonado Henríquez

En Noviembre nos reunimos en La Casa del Escritor, en Simpson 7, con el escritor y testarudo por definición José Chapochnik Dimant.  Alto y flaco espécimen de la voluntad que raya en la locura, ya que él es el hombre que cumplió uno de los deseos que Gabriela Mistral pidió a Chile para que se le recordara en su querido Montegrande.   Pero viajemos por esta historia en orden cronológico, acompañados de los recuerdos y emociones de su artífice

...En Diciembre de 1945 Gabriela Mistral ganó el Premio Nobel de Literatura.  Eso produjo un gran revuelo acá en Chile, tal que desde ese mismo instante comenzó a recaudarse dinero para construirle un monumento en homenaje en La Serena.  El dinero se reunió en 1947, eran 250 mil pesos de la época, y la obra fue encargada a la escultora y amiga de ella Laura Rodig.  Mistral, que en ese momento era Cónsul de Chile y residía en Monrovia, recibe esta noticia con un disgusto mayúsculo y, siendo como era, resuelve enviar dos cartas urgentes: una dirigida a su amiga  Isolina Barraza y la otra al gobierno del presidente Gabriel González Videla. En ellas deja muy en claro que no le interesan los homenajes, que prefiere mil veces que todo lo reunido se reparta entre los niños pobres del Valle del Elqui, y, en caso de que insistan con el asunto, les recuerda que lo que ella más ama es la naturaleza y que elijan entre uno de los cientos de cerros de su tierra natal para que lleve su nombre, de esta forma se sentiría perpetuada y no le costaría nada al erario nacional.  Sin embargo, ¡las vueltas que debió darse en su tumba la Mistral, si supiera que esta idea, en apariencia sencilla, sólo se concretó 44 años más tarde!
 Las autoridades de la época quedaron de una pieza.  ¿Acaso pretende esta mujer burlarse de ellos? Lo cierto es que su petición quedó escondida en algún rincón de la pieza de burócratas llenándose de herrumbre, situándose en el olvido.
 Pero hubo gente que no quería que así sucediera.  Desde su amiga Isolina que por más de veinte años bregó una lucha frente a ciegos de timbres y sordos de formularios sin ningún resultado.  Otros intentaron la empresa, pero de nuevo los rostros como puertas cerradas se paseaban por las oficinas municipales, por los pasillos de los gobiernos.

“El Turco” Entra en Escena.  -
 Cómo llegó este “regalo” a las manos de Chapochnik (algunos de sus conocidos le apodan “El Turco”).  En 1988, participaba en un encuentro internacional de escritores, en vísperas de celebrar el centenario del natalicio de Gabriela, cuando se entera de las peripecias que había sufrido Isolina Barraza y otros más tratando de cumplir con el deseo de la escritora.  José los escuchó y pensó en la cantidad de errores que se habían cometido, que para él, siendo vendedor y conocedor del arte de convencer, le sería muy sencillo.  Así que decidió tomar el desafío como suyo y empezar a mover los engranajes necesarios para “lograr en sesenta días” la misión de cambiarle el nombre a un cerro.
 No supo entonces Chapochnik en que se estaba metiendo. A la sazón contaba con una empresa de plásticos muy productiva y que le daba excelentes divisas; una familia protegida. Era, también, partícipe del Pen Club; miembro de la Sociedad de Escritores de Chile; de la Academia Iberoamericana de Poesía, España, del Grupo Fuego de la poesía y del Ateneo.  Verá su vida tambalear en la obstinación y la locura, incluso tendrá que pagar un alto precio por cumplir con la principal poetisa chilena.
 Al año siguiente elaboró un plan de trabajo, redactó algunas cartas y se lanzó en la búsqueda de las interminables reuniones con las autoridades de la región y con el gobierno militar.  Desde el general Pinochet, la hija de éste que entonces era parte del consejo de la cultura, hasta intendentes, gobernadores y alcaldes.  Recibía dos tipos de respuestas: las alabanzas, los abrazos y compromisos, que rápidamente quedaban en nada; o sencillamente, por otro lado, el no rotundo del desinteresado.
 Puso en práctica el plan B. Comenzó a dar charlas sobre Gabriela Mistral y el objetivo en que estaba empeñado en todas las principales ciudades de Chile, desde Arica hasta Castro, creando un nivel de “conciencia nacional” con respecto a su tarea. Utilizó su empresa como soporte de difusión: en cada sobre que le mandaba a sus clientes y proveedores puso un impreso que decía “Queremos que un cerro con el nombre de Gabriela Mistral en el Valle del Elqui” y volvió a intentarlo reuniéndose con las autoridades.  ¿Qué paso con este nuevo paso?...  Pues nada.
 Otra idea. Si los resultados no se obtenían desde dentro del país, quizás sería distinto si existiera una presión desde afuera, desde  los distintos enclaves culturales del mundo. Que el tema fuera de discusión obligada en las distintas embajadas y fiestas diplomáticas. La cosa era hacer ruido. Consiguió una lista con las direcciones de 800 escritores y autoridades del orbe e inicialmente escribió 1600 cartas, de las cuales la mitad eran manuscritas, contrató dos secretarias para tal efecto. A cada carta que envió le sacó una copia y las empastó para tenerlas como recuerdo; sin embargo fueron muchas más las respuestas, de gente tan distinta como François Miterrand, presidente de Francia, o de Javier Solar, Ministro de Educación y Cultura de España, pero nunca recibió respuesta del alcalde de Coquimbo.  ¡Cuánta verdad la del profeta en su tierra!.
   Un día recibe una carta de  Manuel González, escritor madrileño, quien se compromete a iniciar en su país todo un movimiento internacional que apoye esta tarea.  Allí se lanzó a rodar esta bola de nieve que se fue haciendo cada vez más grande, y Chapochnik seguía con su buzón a tope.  Actualmente guarda en su casa 27 tomos empastados con todas las misivas que recibió.
 El hombre perdió la razón y su industria.  Se sumergió tanto en el qué hacer que se transformó en obsesión.  Además, cada carta, telegrama, viaje o reunión significaba un costo que sólo él solventó, a costa de su empresa que descuidó de tal forma que sus clientes más importantes fueron levantados por la competencia siempre atenta a cualquier debilidad en el mercado. Comenzó a empobrecerse.
La Junta Nacional de Gobierno en esa época, casi finalizando la dictadura chilena, lo recibe en una reunión donde estaban los comandantes en jefe de las ramas del ejército y la policía.  Merino, Stange, Mattei y Sinclair lo escuchan estupefactos en uno de sus discursos más vehementes que quizás en otras circunstancias habrían significado que lo echaran a patadas de la sala de reuniones.  Meses después lo llama el comandante Merino en persona y le dice que el asunto se había debatido y aprobado, que mandará todos los antecedentes al Consejo de Desarrollo Comunal de Paihuano, dónde obviamente tuvo el visto bueno en tiempo record y fue derivado a Bienes Nacionales.  ¡Cuánta felicidad!, la tarea estaba hecha.

Pero no Todo Puede ser tan Fácil...
 En el Ministerio de Bienes Nacionales se escuchó otro NO que se sumó a la larga lista que ya tenía reunida. Ocurre que en el Valle del Elqui no queda nada que no esté en poder de los privados.  Lo único público es el camino y las nubes sobre él, pero todo el resto ha sido vendido a los particulares.
 La desazón e incluso la depresión se apoderó de “El Turco” Chapochnik, mientras  le seguían mandando cartas y haciendo artículos en diarios mexicanos, portugueses e italianos.  Él estaba destrozado, pero como todas las historias hermosas que ocurren en el mundo, en el último momento, cuando estaba por dimitir, a su casa llegó un mensaje escrito por los escritores uruguayos y su presidenta María Eugenia Huerta que decía así :

José:
Yo sé que estás cansado. Tienes frío. En este momento hay cuarenta grados bajo cero. Tus manos están entumecidas, tus pies gangrenados, falta el oxígeno. Tú sabes que vas a morir. Pero estás colgando de una soga a seis metros de la cima del Aconcagua. En nombre de todos los escritores del Uruguay, te pedimos que hagas ese último esfuerzo, que subas los seis metros que te faltan, porque si tu bajas ¿Quién sube de nuevo?...
            Ese gesto le salvó el alma. En ese momento se produjo el cambio de gobierno en Chile iniciándose la serie de gobiernos democráticos que aún mantenemos. Decidido a continuar,  se dirigió al Conservador de Bienes Raíces de la Región y averiguó el nombre de todos los dueños de predios y empezó a contactarse con cada uno de ellos para averiguar quien cedía un cerro. Esta parte de la operación significó abocarse en ella por tiempo completo y pensó que a la larga su familia le entendería. Entonces la abandonó. Por otro lado su empresa estaba quebrada.
            La mayoría de los cerros importantes en Montegrande pertenecían a comunidades, eso hizo más difícil la labor ya que si uno solo de ellos se oponía, no se podía hacer nada. Allí se dio cuenta de los cierto en que estaba la Mistral al decir que en Chile tenía muchos enemigos, los cuales aún persisten en la cuarta región, porque incluso se llegó a aducir que cambiarle el nombre a un cerro traería multitudes paganas a la región que le rendirían culto a la escritora y romperían con la tranquilidad del valle.
            Mistral, en sus misivas de 1947, reconocía que el cerro que llevaba siempre en su corazón era aquel que miraba desde niña en su casa, el cerro El Fraile; pero como ya estaba bautizado, era mejor que buscaran otro. Un día sentado en la Plaza de Montegrande junto al nuevo Alcalde de la comuna, Chapochnik se dio cuenta de que el único cerro que no había considerado era justamente ese, ya que la Gabriela lo había rechazado.  Decidió ir donde los dueños de El Fraile.

En Busca de El Fraile. -
            El cerro El Fraile pertenecía a una comunidad de importantes exportadores de uva que apenas se quedaban unos meses en Chile. Les escribió una carta, pero esta vez él mismo iba con ella pegado como estampilla. Esta era la última instancia a la cual recurrir, tantas eran las negativas que había recibido. Lo atendió en Santiago un señor llamado Jorge Cifuentes, de cara impávida, que le escuchó decir el eterno discurso que “El Turco” sabía de memoria.  Pasaron los minutos de monólogo hasta que el interlocutor, aparentemente cansado, levantó una mano y le dijo “¡Basta!, el cerro es suyo”. Chapochnik no pudo aguantar las lágrimas y se echó a llorar abrazado por el empresario.
            Después de eso, buscó el auspicio del Ministerio de Educación para hacer la ceremonia del cambio de nombre del cerro. En aquella época estaba de Ministro Ricardo Lagos, que se vio acosado por 30 días, mañana y tarde, por el que entonces pasó a ser reconocido como “El Loco del Cerro”. Consiguió el auspicio. Luego fue donde las autoridades de la cuarta región y entonces cometió unos de sus pocos, pero grandes errores: obnubilado por su logro se empeñó en realizar la más magna fiesta de bautizo y permitió que en la intendencia se generaran 22 comisiones para la ceremonia. Imagínense a 22 grupos de burócratas tratando de ponerse de acuerdo en el tipo de canapé del cóctel o en el color del mantel de las mesas.  El resultado fue una cadena enredada e imposible de tramitaciones y decisiones por tomar.  Pasaron meses y la historia no tenía fin.
            Aprovechó ese tiempo para hacer las gestiones en el Instituto Geográfico Militar y lograr que el cerro con su nuevo nombre apareciera en los mapas. Ese también fue un trámite de mañanas y tardes, en donde se ganó por cansancio.

La Tierra Vuelve a Abrirse Bajo los Pies.-
            Pasaron los meses y un  día recibe un llamado  de Jorge Cifuentes.  “Tengo malas noticias” -le dijo- “Mi socio que vive en Alemania, ha cambiado de opinión y no quiere que el cerro cambie de nombre, para no alterar la idiosincrasia del lugar”. Chapochnik en un segundo se convirtió en el más grande de los farsantes, que hasta había movilizado al gobierno de una nación en lo que entonces se transformó en una mentira.
            Temblando, preguntó cuándo vendría el “socio alemán” a Chile para tratar de convencerlo personalmente, y esperó a que la situación se confirmara.  A aquella reunión Chapochnik fue acompañado de la prima de Cifuentes, la señora Luisa Hermosilla. Fueron hasta un fundo en las afueras de Santiago donde sin previa cita entró en la sala de reuniones y se encontró de frente con su último gran obstáculo. El “socio alemán” salió de sí, gritó y amenazó, “¡¿Cómo es posible que entre así a mi casa?!”, pero ante la presencia de la Sra. Hermosilla se calmó lo suficiente como para escuchar el eterno discurso del deseo de Gabriela.  Luego de un rato de distancias insalvables, convidó al “Turco” a que lo acompañara a su habitación donde le enseñó sobre la cama un inmenso póster de Gabriela Mistral. Chapochnik estaba mudo. Luego le enseñó unos álbumes de fotografías en donde aparecía junto a sus padres y a Gabriela misma en algunos veranos que ya pasaron hace tiempo. “¿Usted cree que yo no amo a Gabriela?”, le dijo.  Y entonces José, sin poder contenerse, tomó al alemán por la camisa y lo sacudió con todas sus fuerzas llenándolo de insultos y preguntándole “¿Cómo es posible que si quiere tanto a la Mistral se niegue terminantemente a su último deseo?”. Esa es una respuesta que nunca a podido conseguir. Lo que sí consiguió es que aquel hombre de mediana edad, rubio y sacudido, lo apartó como pudo, sudando y nervioso, se dirigió a la Sra. Hermosilla, y le dijo: “Luisa, tráeme los papeles, lo que sea lo firmo”.

Subió Hasta su Tumba. -
            Los días se sucedieron. Se hicieron gestiones en distintos niveles. Los dueños del cerro el Fraile se transformaron en los más grandes defensores de las ideas de Chapochnik, consiguieron títulos y papeles en Bienes Raíces; solicitaron formalmente el cambio del nombre; sobrevolaron la zona para hacer una nueva cartografía detallada del cerro. Así, el 12 de Noviembre de 1990, el Instituto Geográfico Militar cambió el nombre del cerro El Fraile, en el mapa de Chile, por el de Gabriela Mistral.
            Al poco tiempo de concretada la maravilla a fuerza de porfía y a costa de mucho sufrimiento, José Chapochnik recogió los documentos oficiales y otros tantos papeles de su interés durante esta travesía y se fue a Montegrande.  Atravesado por la emoción subió hasta el Mausoleo de Gabriela Mistral. Solo frente a la poeta, se abrazó a su tumba y gritó a todo pulmón “¡Gabriela, te lo cumplí, te lo cumplí!”.
A pesar de todas las pérdidas que debió afrontar José Chapochnik, nos confesó que estaba en lo cierto cuando pensó que algún día su familia perdonaría tal locura en la que se vio arrastrado. De su propia boca, sé que ha recuperado a su esposa y a su hija; y que está invirtiendo lo que le queda de vida en mantenerse junto a ellos.
José Chapochnik Dimant falleció el martes 10 de febrero de 2009.

jueves, 4 de julio de 2019

Humberto Díaz Casanueva



Libro reúne en poco más de mil páginas los 16 libros publicados por el autor
Publican toda la poesía de Humberto Díaz Casanueva
Poesía Completa. Das Kapital Ediciones, 2019
Por Leonardo Sanhueza
Publicado en Las Últimas Noticias, 3 de junio de 2019
Aunque ya han pasado casi 27 años desde su muerte, el poeta Humberto Díaz-Casanueva nunca ha dejado de estar presente por aquí y por allá. No sólo sus libros siguen sorprendiendo a sus lectores de siempre y cautivando a los más jóvenes; también su figura civil de diplomático y defensor de los derechos humanos es cada vez más admirada y su nombre ha sido escogido muchas veces para bautizar calles, escuelas y bibliotecas. Aun así, faltaba un punto clave en ese reconocimiento de quien fuera uno de los poetas chilenos más importantes del siglo veinte: la publicación de su obra poética completa, proyecto que durante décadas pidió a gritos su realización, pero que ya parecía condenado a no entrar nunca en tierra derecha.
Rompiendo de una buena vez con esa inercia inexplicable, por fin se ha materializado esa esperada publicación, que el sello Das Kapital acaba de lanzar con el título de Poesía completa. El volumen, preparado por Diego Sanhueza, reúne en un solo tomo los dieciséis libros de poemas que Díaz-Casanueva publicó en vida, entre 1926 y 1991.
A lo largo de sus mil páginas, el libro muestra en conjunto lo que el autor llamó una aventura literaria por los abismos del yo, ese oscuro lugar en que la existencia de los seres humanos se conecta con fuerzas misteriosas que se escapan a la racionalidad, pero que son inherentes a la vida misma desde tiempos inmemoriales. En su poesía, Díaz-Casanueva —Premio Nacional de Literatura de 1971— explora zonas que parecen propias de la locura, el sinsentido y la imaginación desbocada, pero que por otro lado siempre se aferran a cuestiones esenciales que han cruzado la historia del pensamiento, como los aspectos en que el ser humano contemporáneo no ha dejado de ser un habitante de las más heladas cavernas. Son poemas inexplicables, en los que la confusión de esas realidades enigmáticas se va entrelazando con símbolos, mitos y rituales de las culturas más antiguas y la historia de las religiones.

Quizás por eso uno de sus libros más "asequibles", como decía él, es el célebre poema Réquiem, que él escribió en Canadá con ocasión de la muerte de su madre. Su recordado comienzo, que pareciera remitirse a un paisaje metafísico, describe los fríos de Ottawa en que el poeta recibió la triste noticia: "Como un centinela helado pregunto: ¿quién se esconde en el tiempo y me mira? / Algo pasa temblando, algo estremece el follaje de la noche, el sueño errante afina mis sentidos, el oído mortal escucha el quejido del perro de los campos". A partir de ahí, la dolorosa experiencia va dando lugar a una gran elegía, pero también a una meditación acerca de la gran madre mítica, presente en casi todas las cosmogonías del mundo. Así, el poeta se resigna a llorar, pero también a "esperar que pasen los años /y de la cara en llanto salga un destello / y un día venga mi hija corriendo entre la yerba y muestre la granada vertiginosa / la paloma encendida / el sueño arcano / ¡que renace del fondo de la tierra!".

Experiencia africana
Además de su poesía, uno de los aspectos más recordados de Humberto Díaz-Casanueva fue su labor diplomática, iniciada en 1940. Nombrado por la Unidad Popular embajador ante la ONU en 1971, luego del golpe militar continúo en esa organización, donde destacó como uno de los seis expertos mundiales enviados a observar los efectos del apartheid en África. De esa experiencia surgieron sus poemas "El pájaro Dunga" y "El niño de Robben Island".



viernes, 15 de febrero de 2019

Gabriela Mistral: Presidente Álvaro Obregón y la situación de México



Álvaro Obregón, fue un revolucionario mexicano, Presidente de la República entre 1920 y 1924. Nació en Siquisaya, Sonora el 19 de febrero de 1880. Asesinado por un fanático católico el 17 de julio de 1928 en San Ángel, México.

1923 - El Presidente Obregón y la situación de México
Repertorio Americano, 09 de julio de 1923.
    

Impresión personal del mandatario mexicano. —El hombre que acabó con la anarquía de su país. —La reforma agraria. —La reforma educacional. —La cuestión del Petróleo. —Hispanoamericanismo.
El General Obregón es varón de 40 años; tiene una fisonomía muy enérgica y da la impresión de un hombre fuerte a pesar de su brazo mutilado en el que lleva como recuerdo lacerante de la revolución a la cual ha dado su propia sangre. Los ojos claros, llenos de inteligencia y vivacidad y la sonrisa franca quitan dureza a la fisonomía. Su palabra es fácil, sobria y tranquila. Expresa su pensamiento sin ambigüedad alguna, sin esconder sus convicciones, netas como las líneas de su semblante. Viste con una sencillez que llamaremos de presidente norteamericano porque en los de nuestra América, especialmente en los generales, no abunda esta virtud externa. Una ironía sana matiza su conversación, ironía muy de su raza, pero que está llena de cordialidad. En ningún momento de su charla aparece en el Presidente aquel General sin cultura y lleno de vanidad grotesca que Blasco Ibáñez inventó en su libro unilateral y sin hidalguía sobre México, obra -dicho sea de paso -, de sensacionalismo, habitualmente destinada al público de Nueva York, documentada en dos meses de residencia en la capital de un vasto país y en días desgraciados de gran agitación.
La cultura universitaria que el Presidente no adquirió, está reemplazada con creces por un sagaz espíritu intuitivo que le reconocen cuantos le tratan. Su caso es común en esta raza que Jacinto Benavente ha llamado la más inteligente de la América española.
Su conversación sólo puede decepcionar a los extranjeros a quienes gusta hacer de la política un abanico de pavo real con metáforas tropicales y a los diplomáticos habituados a los Presidentes que no dicen nada, que esquivan todo concepto claro por una prudencia que linda con la cobardía o estulticia. Hasta los norteamericanos que le tratan, cuando pueden hablar libres de la presión de su gobierno, declaran que les ha dejado una impresión de profunda honradez y de viril franqueza.
En su carácter dominan esa sinceridad y una energía a la cual debe México dos años de paz y del trabajo de reconstrucción más intenso y más violento que es dable concebir.
Lo que significa para el país la mano vigorosa de este hombre quebrantando la anarquía hasta las vértebras, buscando el orden para dignificar a México ante el extranjero y dar descanso a su raza dolorida y fatigada, es mucho, es tanto que, si no hubiese hecho otra cosa en su gobierno que obtener esta tregua salvadora, tendría derecho por ese sólo título a la gratitud de sus gentes y a la consideración de los demás pueblos.
Pero ha hecho mucho más: ha iniciado en la América Nuestra la reforma agraria que pasará seguramente a los otros países, depurándose de sus errores parciales, y ha hecho la reforma educacional más grande que ve nuestra raza desde los tiempos del gran Sarmiento hasta la fecha. Estima él que el problema de su país se resuelve con la cultura de sus doce millones de indígenas y con el mejoramiento material de los mismos. Piensa que la pequeña propiedad hará sentir al indio la patria hecha madre de verdad; el trabajo próspero le traerá el amor de la paz; quedará el indio incorporado con la pureza del sufragio a la vida política y con la posesión de la parcela de tierra, hará suyos los intereses económicos de la nación. Los Gobiernos españoles primero y los nacionales después, nunca procuraron transformar al indio en ciudadano; se perdieron así para esta labor de enorme urgencia cuatro siglos y en las reformas que ahora se verifican tiene que haber ese apresuramiento febril con que se realiza toda labor descuidada y que es cosa vital para un pueblo.
Por otra parte, en las exigencias de campesinos y obreros mexicanos sólo se ha vuelto más agudo el caso que hemos visto desarrollarse en Europa después de la gran guerra: los hombres que han peleado largos años, que han vivido el infierno de no tener hogar, de entregarlo todo, salud, familia, bienestar, a la lucha atroz, vuelven de los campamentos exigiendo, ya no justicia parcial, sino total; ya no reformas lentas, sino inmediatas.
Cuatro años de la guerra europea realizaron esta mudanza en los espíritus; diez años de revolución mexicana no han podido hacer menos. No hay sino aceptar los hechos consumados que son una de una lógica absoluta y humana.
La cuestión agraria no había sido en nuestros países afrontada todavía; a México le ha correspondido el duro destino de empezar. Es tremendo, aunque sea glorioso este privilegio de comenzar sin que pueda aprovecharse del tesoro de la experiencia ajena. La única que hay en esta cuestión es la europea y nunca nos cansaremos de decir que la experiencia de Europa rara vez sirve para la América, por tratarse de campos radicalmente diversos. Con la reforma agraria no sólo buscan los hombres de la revolución mexicana el cumplimiento de las promesas democráticas hechas al pueblo; buscan algo más: la mayor producción que es en todas partes el resultado de la división de la tierra; todavía esto no se alcanza en México, es verdad, pero se alcanzará en cinco años o más.
Eso es lo que la revolución ha hecho por el campesino; la situación del obrero industrial ha mejorado notablemente y se discute un Código de Trabajo avanzado, pero sensato que contiene, este sí, la experiencia de otros países, cuajada en la legislación obrera de los últimos años.
De este modo responde el Gobierno de la revolución a las esperanzas que el pueblo puso en ella y rara vez se ve en nuestros países que los hombres elevados en nombre de ciertos principios democráticos rotundos los cumplan al llegar al poder; ¡tal consecuencia política es tan rara que con razón asombra a los vecinos que la miran con cierto estupor!
Las reformas netamente democráticas de esta administración han herido intereses de antiguo establecido. Es absolutamente necesario, al considerar este punto, detenerse en un hecho formidable y que lo domina todo: en una población de 16 millones de habitantes, entre los cuales 12 millones son indios, los intereses de la minoría privaron mientras no hubo sufragio popular efectivo, al iniciarse éste, la mayoría aplastante tenía que imponerse y de modo fundamental, arrolladora. En otras partes, en Chile, por ejemplo, la aristocracia y la clase media reunidas acaso puedan equilibrar numéricamente sus fuerzas con las del pueblo; y por lo tanto su criterio pueda sobreponerse por muchos años a las peticiones radicales de la masa trabajadora. ¡En México no y, o se acepta el resultado presente que emana recto del régimen republicano que los países de origen español eligieron por tipo, o se cambia el régimen, cosa ya imposible en nuestro tiempo! No queda, pues, sino aceptar los sucesos que lógicamente han acaecido por este desequilibrio enorme que hay entre las tres clases.
En cuanto a la reforma educacional que verifica esta administración, es ella de tal trascendencia, realiza una síntesis tan admirable de las mejores ideas pedagógicas que dominan hoy en el mundo, que no ha podido menos que imponerse a la admiración del Continente. Lo que se destaca más vigorosamente en ella es su esfuerzo en favor de la enseñanza del indio, la preponderancia de la educación primaria sobre la universitaria y la índole radicalmente práctica con la que se busca hacer de México una nación industrial de primer orden. Así se podría detener, con la invasión económica, la invasión política. El movimiento educacional en México, el esfuerzo de cultura estupendo que significa un presupuesto aumentado en siete o diez veces, superior al de guerra, son cosas que hacen volverse con respeto a la Argentina, Brasil y Centro América, hacia el calumniado país en el sólo se quería ver una especie de histerismo político, sin el sentido social y hondamente humano que toma en la agitación revolucionaria. Ojalá todos los pueblos se impusieran al respeto de los demás con una obra semejante; ojalá para la clasificación de valores de las naciones, una labor educacional de esta magnitud fuese más tomada en cuenta que el tonelaje de las naves de guerra.
Si este Presidente como lo diremos más adelante, no asiste a todas a las reuniones diplomáticas, se le ve en cambio en cada inauguración de escuela, en cada acto cultural de importancia. Edificios escolares espléndidos se levantan en la capital y en los estados y serán la huella tangible de una administración creadora y de un Jefe al que podrá llamarse como a Sarmiento Presidente civilizador. Esto por sí solo destruirá las leyendas del militarismo de México, país que ni siquiera tiene servicio militar obligatorio.
Después de la cuestión agraria viene la cuestión del petróleo en la crítica amarga que se hace del gobierno del Presidente Obregón.
La política económica de este régimen no es ni más ni menos nacionalista que la de Estados Unidos. Acaba la nación del norte a dictar leyes tan rigurosas que llegan a aparecer prohibitivas, respecto a los industriales extranjeros. Desde los primeros años de su independencia los Estados Unidos se trazaron una línea de proteccionismo industrial. México no hizo otro tanto en su primer siglo de vida libre, y el gobierno del General Díaz, quizás por alentar la inversión de capitales extraños, fue lejos en sus franquicias. Hay que pensar también que la riqueza del petróleo no venía aún y que en torno de ella gira la serie de incidentes ingratos y trágicos en parte que se han suscitado desde que los pozos petroleros fueron descubiertos. Las dificultades con Estados Unidos se hacen agudas desde el nacimiento de tal industria en México. Se han agravado, como es natural, por los antecedentes dolorosos del odio justo que la guerra de Texas dejó en la lacerada nación mexicana hacia aquel país que, tras de una lucha breve, se anexó un tercio del territorio en medio del silencio cobarde de los otros países y con la sencillez con que se anexan cien kilómetros cuadrados.
Este gobierno ha declarado la nacionalización del subsuelo en medio del escándalo de las Compañías Petroleras. Es cuestión vital para México, que hoy saca esa industria casi todo el presupuesto nacional. Un pueblo tiene perfecto derecho a defender las cosas que han pasado a ser la fuente misma de su vida económica.
La mejor prueba de que estas leyes no son exageradas es el hecho de que las compañías acaban de repartir dividendos enormes, casi fabulosos entre sus accionistas. Una mayor prosperidad de estas empresas ya significaría la entrega de la riqueza mexicana y, por lo tanto, una ignorancia absoluta y torpe del criterio proteccionista que rige hoy en todos los países después de la gran guerra.
El Presidente habla sobre el conflicto de Estados Unidos y México sin una palabra de odio, pero con gran sentido, no sólo de dignidad nacional sino racial. Él ve claramente que el quebrantamiento de su país ante la acción económica de Estados Unidos, que ya se ha consumado en la América Central y en las Antillas, sería fatal para los países del Sur. Esta actitud del gobierno mexicano no puede ser apreciada todavía en toda su significación; cuando los países hermanos puedan mirarla nítidamente, en años más, sabrán ser justicieros hacia México y corresponderán con juicios diferentes de los que hoy tienen al fuerte y digno hermano.
El Hispanoamericanismo del Presidente Obregón es sincero. Colaboran en su administración hombres de todos nuestros países y especialmente los de Centro América. Al hablar de hispanoamericanismo del Presidente me va citando uno a uno los nombres de los propagandistas de significación que tiene esta campaña con perfecto conocimiento de sus obras, desde Rodó a Manuel Ugarte y Blanco Fombona. El sentido práctico que es otra de las características suyas, le descubre a la doctrina su calidad de fruto de larga madurez. Las dolorosas experiencias que México ha recibido luchando solo, están en él muy vivas, pero es este un hombre de una inteligencia llena de nobleza, capaz de mirar hacia el futuro saltando las marañas del presente.
En su vida privada el Presidente Obregón es un hombre de claras virtudes morales de sobriedad ejemplar. Vive con sencillez extrema, no en el castillo de Chapultepec propiamente dicho, sino en una casa anexa. Por el trabajo inmenso que significa la reconstrucción de un país de dilatadísimo territorio y dirigiendo él la labor de cada una de las Secretarías de Estado, se ha eximido casi de la vida social. Pertenece a esas nobles gentes de provincia de situación holgada, pero cuya sensatez las alejas de ostentaciones ridículas. Una revolución lo exaltó a la Primera Magistratura, sin que el salto desquiciara su austero criterio de la vida.
Nada place más que ver a un nombre de nuestra raza en el cual no se cumple aquello del enloquecimiento que dan las situaciones elevadas cuando se llega a ellas bruscamente; nada atrae más que observar la severa línea de sencillez que sigue rigiendo la vida de este antiguo propietario rural convertido en Jefe de un país riquísimo.
Mi primera entrevista con el Presidente Obregón tuvo lugar hace ocho meses; pero yo he querido escribir mis impresiones sobre él después de orientarme un poco en la vida mexicana y oír diferentes apreciaciones sobre su Gobierno.
Hoy puedo sintetizar así sus características de mandatario: energía revolucionaria; sensatez de organizador; lealtad hacia la democracia que fue su bandera, y política hispano-americanista de hombre fiel a su raza.

Gabriela Mistral

Biografía
Su nombre completo fue Álvaro Obregón Salido. Fue militar y político mexicano que tuvo una participación clave en el movimiento armada de la Revolución Mexicana. Obtuvo la presidencia de México por 4 años.
Sus padres fueron: Francisco Obregón Gámez y Cenobia Salido Palomares
Su padre murió cuando él tenía 1 año de edad y su madre dejó a Álvaro bajo el cuidado de sus hermanas mayores. Estudió en la escuela de la región donde nació. Después estudió matemáticas, geografía e historia.
Aprendió sobre carpintería, incursionó en la poesía, la música y se interesó por el comercio. En 1898 trató de sacar a sus hermanas a delante y las apoyó con trabajando en la agricultura para que su Hacienda prosperara. Sin embargo el país atravesaba por una crisis económica muy compleja, el clima era muy cambiante y no contaba con herramientas pertinentes para la agricultura.
Cuando se fue a Huatabampo en 1906, conoció a Refugio Urrea y un año más tarde su esposa murió junto con sus gemelos durante el parto. Obregón pensó que su vida se había terminado con la pérdida de su nueva familia, vivió con dolor y tristeza durante 2 años pero pidió a sus hermanas que cuidaran de sus hijos.
Es importante saber que en ese entonces Porfirio Díaz era el presidente de México y el país atravesaba por una inestabilidad política, social y económica debido a que tenía más de 30 años en el poder. Por lo que en 1909 se unió a las fuerzas militares de Francisco I. Madero para luchar contra el gobierno de Porfirio y lo derrotaron.
Su carrera política comenzó en el año de 1911 cuando nombraron a su hermana José Obregón alcalde interino de Huatabampo y le dio la oportunidad de realizar funciones administrativas. Eso ayudó a que Álvaro conociera más personas de la vida política. Más tarde Obregón fue electo alcalde en noviembre de 1911.
En ese entonces se llevó a cabo un reclutamiento realizado por el gobernador de Sonora José María Maytorena, quien pidió personas que quisieran levantarse en armas en contra del gobierno de Francisco I. Madero y Obregón decidió participar. Se formó un grupo de soldados y se les unió Benjamín Hill. La historia de México señala que Obregón formó el 4° Batallón de Infantería.
Luchó contra Orozco tratando de evitar que se apoderara de la frontera del país y en Agua Prieta en el estado de Sonora conoció a Plutarco Elías Calles y jamás se imaginaría el apoyo que mutuamente se tendrían después de un tiempo.
Cuando el 18 de febrero de 1913 se dio el movimiento armado conocido como la Decena Trágica para derrocar al gobierno de Madero, Victoriano Huerta realizó un convenio con Díaz, con el embajador de los Estados Unidos Lane Wilson y con Mondragón y se comprometieron a apoyarlo para que obtuviera el puesto de la presidencia a cambio de que después se la entregara a Díaz.
Victoriano Huerta logró su asenso a la presidencia de la República Mexicana el 18 de febrero de 1913. Muchos políticos protestaron contra su gobierno y uno de ellos fue José María Maytorena quien fungía como gobernador de Sonora, otro fue Venustiano Carranza quien proclamó el Plan de Guadalupe en contra de Huerta el 26 de marzo de 1913 en Ramos Arizpe en el estado de Coahuila.
En septiembre 1913 se dio el primer encuentro entre Obregón y Carranza, el cual no había sucedido antes porque después de la derrota de Porfirio Díaz, Obregón decidió retirarse de la vida pública pero en el año antes mencionado regresó para apoyar a Venustiano Carranza en su lucha contra Victoriano Huerta.
Por otra parte, Huerta se dio cuenta de todo el apoyo que tenía Carranza y decidió renunciar al puesto de la presidencia. El nuevo presidente interino nombrado fue Francisco Carvajal quien trató de aliarse a Obregón.
Se inició una lucha constitucionalista donde Obregón viajó a muchos estados de México para entrevistarse con varias personas importantes de la política para tratar de convencerlos de la importancia que tenía realizar un junta donde estuvieran todos los jefes revolucionarios para entablas platicas y debates y así poder decidir el futuro político que tendría México.
Venustiano Carranza estableció su gobierno Veracruz mientras en el estado de Chihuahua estallaron varios conflictos militares. Más tarde se dio la Batalla de Celaya sucedida en la División del Norte en Celaya, estado de Guanajuato y estuvo encabezada por Francisco Villa en contra de las tropas de Álvaro Obregón. Dicha batalla se dio del 6 al 15 de abril de 1915.
Todo estuvo a favor de Obregón ya que Villa continuó otro enfrentamiento en donde finalmente lo vencieron las tropas comandadas por Álvaro Obregón.
Cuando todos creían que se había terminado los enfrentamientos de las tropas villistas, Obregón recorrió su hacienda junto con varios de sus soldados y fueron atacados por soldados al servicio de Francisco Villa donde hirieron el brazo derecho de Obregón y perdió su brazo derecho. Lleno de dolor y coraje, tomó Saltillo, Aguascalientes y Torreón y logró expulsar a los villistas de dichos estados y logró instaurar pactos de paz con el ejército yaqui.
En 1916 fue nombrado Ministro de Guerra y Marina en el gabinete de Venustiano Carranza establecido en Querétaro. Le dio dicho puesto a Obregón porque tomó en cuenta por el gran apoyo que le dio para llegar a la presidencia del país. Siendo ministro fundó las siguientes instituciones importantes:
* La Escuela Nacional para Pilotos.
* La Academia del Estado Mayor
* La Escuela de Medicina Militar
Siempre le mostró lealtad a Venustiano Carranza, lo escoltó a Querétaro donde ambos participaron en la redacción de la Constitución de 1917 pero Obregón renunció a su cargo el 30 de abril de 1916 para poder preparar su campaña presidencial ya que a él le interesaba dicho puesto.
Carranza pensó que Obregón lo apoyaría hasta el último día de su vida pero un año atrás, en 1919 él ya sabía que Obregón pretendía lanzarse como candidato en las elecciones y trató de quitar a los políticos que apoyaban a Obregón de la Cámara de Diputados.
El 01 de junio del mismo año Obregón fue candidato oficial y dio un discurso donde señaló la importancia y necesidad de tener un gobierno que ponga en práctica las corrientes liberales para la evolución de México.
Por otro lado Venustiano Carranza lanzó como candidato a la presidencia a Ignacio Bonillas, embajador mexicano en Washington y a quien pocos conocían en México. Carranza lo hizo porque quería que el poder fuera de civiles. Obregón logró obtener el apoyo de Luis N. Monrones quien fungía como presidente del Partido Liberal Constitucionalista y éste último le ofreció a Obregón representar al partido en la candidatura, cuya propuesta fue aceptada.
Las dificultades comenzaron para Obregón cuando en mayo de 1920 lo llamaron a juicio en la Ciudad de México porque fue acusado de conspirar y traicionar al gobierno de Carranza. Logró escapar de la cárcel y se fue a la ciudad de Iguala en el estado de Guerrero.
La separación entre Carranza y Obregón marcó una etapa importante en la vida de éste último cuando en 1920 dirigió la Rebelión de Agua Prieta en contra de del gobierno de Carranza, el cual fue desconocido por muchos liberales y sobre todo porque quería imponer a Ignacio Bonillas como su sucesor.
Álvaro Obregón y sus seguidores triunfaron, mientras que Carranza perdió a la mayor parte de su gabinete y sus seguidores por lo que se vio obligado a ir la sierra poblana y por órdenes de Plutarco Elías Calles, las tropas del general Rodolfo Herrero lo buscaron y lo asesinaron en el municipio de Tlaxcalantongo el 21 de mayo de 1920.
Después de lo sucedido, el Congreso nombró a Adolfo de la Huerta como el nuevo presidente interino de México en el periodo del 01 de junio al 30 de noviembre de 1920. Una vez en el poder, Adolfo logró pacificar al país, Francisco Villa entregó las armas y aprendieron a Félix Díaz. En pocas palabras, gobernó por 5 meses para preparar la llegada de quien sin saberlo sería el siguiente presidente, Álvaro Obregón, quien tomó el poder el 01 de diciembre de 1920.
Lo primero que Obregón hizo al convertirse en presidente de México fue concluir con el proceso de pacificación nacional iniciado por Adolfo y repartió tierras a los campesinos. Restituyó a José Vasconcelos quien había sido ministro de Instrucción Pública cuya antigua institución educativa renació en 1921 con el nombre de “Secretaría de Educación Pública” (SEP).
Durante su administración Obregón hizo lo siguiente:
- En el ámbito educativo tuvo el apoyo de Vasconcelos y se fundaron escuelas rurales, se formaron nuevos maestros y se editaron libros clásicos. Se impulsaron escuelas de artes y oficios. (En el año 1922, invitó oficialmente a esta revolución, a Gabriela Mistral, quien se integró de inmediato a la Educación)
- En el ámbito político y militar se trató de mantener control en los diferentes partidos políticos y equilibrio en el ejército. Después de dos años en la presidencia, se logró que los Estados Unidos reconociera su gobierno en el año de 1923 debido a la firma de los Tratados de Bucareli con México.
Cabe mencionar que dichos tratados al final provocaron conflictos entre Obregón y Adolfo de la Huerta quien fungía como Secretario de Hacienda, ya que Obregón pensó que atentaban contra el gobierno de México pero él quería que su administración fuera reconocida en el exterior.
Al terminar su gobierno se dio la Rebelión delahuertista iniciada por Adolfo de la Huerta (de ahí surgió el nombre que se le dio a la rebelión) en contra de Obregón porque éste quiso imponer a Plutarco Elías Calles como el sucesor de la presidencia de México.
Adolfo inició una rebelión pero fueron derrotados por los seguidos de Obregón. Calles fue electo presidente de la República Mexicana y Obregón se retiró de la vida pública y regresó a su hacienda a trabajar como agricultor. Con los créditos que el Banco Agrícola le dio los ocupó para el campo y para iniciar un negocio de combustible para carros.
En 1928 Álvaro Obregón se lanzó nuevamente como candidato para el puesto de la presidencia debido a que se había hecho una reforma en la Constitución el año anterior a las elecciones, la cual consistió en permitir la reelección de quienes ya había sido presidentes anteriormente.
Obregón tuvo conflictos por su reelección y la oposición representada por los generales Arnulfo R. Gómez y Francisco R. Serrano también se lanzaron como candidatos para el puesto. Pero el ganador había sido Álvaro Obregón pero unos días antes le habían informado a éste de una amenaza de muerte pero no tomó importancia.
El día 17 de julio de 1928 salió a comer con algunos diputados del estado de Guanajuato en un restaurante de nombre “La Bombilla” en San Ángeles, D.F, lugar donde José de León Toral asesinó a Obregón con cinco disparos. Y la persona que quedó en el puesto de la presidencia que por segunda vez hubiera sido de Obregón, lo tomó Emilio Portes Gil y así fue como comenzó el periodo llamado “Maximato”.

Compilación: Mario Artigas C.

viernes, 25 de enero de 2019

Gabriela Mistral, homenaje a José Martí


Octubre, de 1930

La imitación cubre en América la época anterior y la posterior a Martí: cien años de calco romántico y cincuenta de furor modernista son los cortes en que aparece dividido nuestro suelo literario. Tenemos que confesar que la imitación aparece en nosotros más que como un gesto como una naturaleza; nuestra piel toda poros es lo mejor y lo peor que nos ha tocado en suerte y a causa de ella vivimos a merced de la atmósfera.
Por esto, la originalidad adquiere en Indoamérica el aspecto de un asa salvadora de nuestro decoro y el escritor sin préstamo o con un mínimum de préstamos vale por el golpe seco de una afirmación.
El fenómeno del escritor que procede de sí mismo aunque haya vivido en la corte de los maestros, oyéndolos hablar y recitándolos sin estropeo del acento propio, significa en nuestros pueblos un hecho digno de ser hurgado para exprimirle el ejemplo.
Aseguran algunos que la cultura es el enemigo por excelencia de la originalidad, y el juicio trasciende a Juan Jacobo en su simplismo. Pero el Adán literario, sobre el cual nadie ha puesto la mano, ya no existe a estas alturas del tiempo. Se produce todavía, a Dios gracias, cierta originalidad mantenida, sostenida debajo del peso enorme de una cultura literaria; el hecho se produce aún resulta bellamente heroico y remece todo el ambiente.
La primera, la segunda y la última impresión de Martí es la de una voz autónoma levantándose desde un coro de voces repetidoras. Veremos a Martí marcar varonía en cada paso de su vida de hombre; pero desde que comienza su carrera literaria varón será también en esta naturaleza antimitativa, o sea, antifemenino.

¿En qué consiste la originalidad de Martí? Las mujeres no sabemos explicar nada en bloque y sólo tenemos una habilidad de encajaras, es decir, detallista. Parece que la originalidad esencial de Martí arranque de una vitalidad tropical. Si la imitación se explica como la cargazón de muchas atmósferas sobre el cuerpo que no las resiste, la originalidad sería la robustez brava de un airoso que puede con ellas, se ríe del eso y corre con él sobre el lomo.
Martí es muy vital y tal vez su robustez sea la causa de su independencia. Comió del tuétano de buey de los clásicos; nadie puede decirle lo que a otros, que se quedase ayuno del alimento formador de la entraña: él se conoció sus griegos y sus romanos y fue también el buen lector que pasa por los setenta rodillos de la colección Rivadeneira sin volverse papilla y caldo.
Guardó a España la verdadera lealtad que le debemos, la de la lengua, y ahora que los ojos peninsulares pueden mirar a un antillano sin tener atravesada la pajuela de la independencia, ya podrán desde Madrid decir leal al insurrecto, porque conservó una fidelidad más difícil de dar que la política: ésta de la expresión. Tanto estimó a los padres de la lengua que a veces toma en cuenta a los segundones y tercerones de ella.
Pero más apegado que a clásicos enteros y a los semiclásicos se le ve abrazado a los escritores modernos de Francia y de Inglaterra, cosa muy natural en hombre que tenía su tiempo presente y vivía registrándolo día a día. La dominación de los modernos sobre él parece que sea simpatía hacia sus ideas más que apego a las esencias de los idiomas extraños. "La lengua vieja, las ideas nuevas", diría él.
Gran sensato, Martí no tuvo la ocurrencia de otros, de admirarle a Cicerón la letra y la ideología, y de creer que Homero y Virgilio obligan al descontento de la época y a una nostalgia llorona de tal o cual César. Él tiene encargos que cumplir, trabajos que hacer en la carne de su tiempo, y se siente ligado a las almas francesas, norteamericanas e inglesas por el parentesco que crea una época común.
Ahora, sabiendo que la originalidad de Martí ha sufrido la prueba de los magisterios naturales, veamos por averiguar en qué consiste ella misma. Parece ser que esté hecha de tono, de vocabulario y de sintaxis propios.
Los escritores de estilo novedoso no siempre son diferenciados en cuanto al tono; pero los realmente personales, traen siempre un acento particular. En la literatura española, por ejemplo, Calderón tiene un estilo, pero en Santa Teresa hay un tono; en la francesa, Montaigne tiene más dejo galo que el propio Racine. Martí salta a nuestros ojos con el cuerpo entero de un estilo, pero lo mejor de gozarle, para mí, son los imponderables del tono criollo que se le deslizan por las hendijas del tronco castizo.

Acordémonos de que este hombre fue orador nato, para estimarle suficientemente la maravilla de la naturalidad. La oratoria carga con una cadena de fatalidades. El orador comienza siendo el recitador que se regodea en un vasto espacio y delante de una masa. Lo primero lo echa a gritar, y la mucha carne escuchadora lo tienta a hacerle concesiones, a darle halagos. La voz tonante de una parte, y de otra el apetito de convencer, le sacan los gestos violentos, y las dos calamidades de berreo y gesticulación, lo echan de bruces en el extremismo del vocabulario. Así, se va trenzando una cadena de fatalidades.
Yo no tengo amigos oradores y no he podido recibir su confesión; pero se me ocurre que el escritor honrado debe detestar sus discursos cuando palpa allí una máquina montada con piezas de mentira, la cual se emplea para convencer... de la verdad. En los mejores la oratoria se resuelve en una forma didáctica, o en el desfogamiento de un lirismo impotente que no llegó al poema.
Anotemos en Martí el que siendo el orador honrado dentro de un gremio fraudulento, no se aparte de las líneas clásicas dentro del género; si abrimos un texto de retórica, veremos que Martí cumple con toda la ley y la costumbre como un buen hijo acatador de la tradición.
Pero el fenómeno del Martí orador consiste en que, manejando un género de falsas virtudes, lo servirá con virtudes verdaderas. Mientras el demagogo simula su indignación y lanza desde el tabladillo sus llamitas pintadas, Martí está ardiendo de veras; mientras el mero arengador sube la cuesta del período en una hazaña de gimnasta sólo para hincar la pica del remate, él trepa el período temblando de cólera o de fe indudables; mientras el embusterillo lanza en frío sus metáforas. Martí las desmorona vivas desde su boca escocida por ellas. Con todo lo cual vuelve espectáculo natural una cosa que los demás aderezan, y en su imprecación verídica, se da en pasto a su gente sin ahorro alguno del alma.
Yo llegué tarde a su fiesta y una de las pérdidas de este mundo será siempre la de no haber escuchado a Martí. Amigos suyos me han hablado de su voz, pero en esto cualquier información se queda manca. Debe haber tenido "gracia de voz", si creemos a los yoghis que las vísceras mansas hacen dulce la voz. Me acuerdo siempre de Emerson en su elogio de la voz grata, y como él desconfió de los acentos pedregosos o broncos: piedras llevan... Y en cuanto al ademán, el tribuno educador debe haberío tenido como aquellos efusivos que por pudor gesticulan con un suave ímpetu.
No le conocimos acento ni mímica, pero lo demás nos ha quedado, a Dios gracias, en el cuerpo de los discursos. Y qué noble anatomía la de su oración cívica o militante que nos va a mostrar sus miembros extendidos de atleta en la mesa de las mediciones.
El período copioso se nos había hecho antipático en los seudocervantistas, porque sabemos que la sintaxis es cosa funcional y arranca desde adentro o nace muerta. Puede resultar que, como la sangre abundante, el período logre ser ligero en ciertos sanguíneos ágiles, pero lo común en nosotros, gente de lengua colonial, es que no salte con borbotón espontáneo sino que él sea sobre el papel como las manufacturas resobadas.
En Martí no fatiga el período a fuerza de estar vivo de cabeza a pies. A los prosistas mediocres, incapaces de fundir los materiales de la oración como el volcán los suyos, dan ganas de pedirles que truequen el acápite español por la sintaxis sumaria del francés, que queda al alcance de sus fuerzas en una frase corta y portátil. Esta cláusula tiene a lo menos lástima de nuestro aliento y cortesía de la oreja tendida, mientras que el continente verbal pide titán y las manos comunes no tienen nada de prometeicas.

Vamos hacia otra hazaña más difícil de lograr todavía: el trascendentalismo exento de declamación.
El orador de aquella época era, por contagio de Víctor Hugo y de Quintana, trascendentalista y enfático. Estos profetas sin santidad suelen ser sinceros, pero lo común es que simulen el arrebato y el trance. Los amigos del patético y del sobrenatural no son muchos y sus adversarios, al no entenderlos, prefieren llamarlos farsantes. Por eso la popularidad del romanticismo a mí me desconcierta. ¿Cómo se las arreglaron aquellos romanticones para embarcar en su nave a nuestros abuelos? Tal vez algunos hallaron gran clientela precisamente por ser almas de drama real, pero lo más sólo serían gente que representaba bien su comedia.
A nuestro Martí no lo pondremos bajo el pabellón absoluto del romanticismo trascendentalista. Tal vez podamos afiliarlo en la banda pero bajo unos subtítulos restrictivos, porque este hombre se mueve en un turno de grandeza y cotidianeidad. Pensemos, aunque parezca absurdo, en un Víctor Hugo corregido de su trompetería por un trato diario del Montaigne doméstico; él vivió haciendo este peregrino zigzagueo. Suelta una alegoría que relampaguea, y sigue con una frase de buena mujer, cuando no de niño; hace una cláusula ciceroniana y la neutraliza con un decir de todos los días; abaja constantemente los vocablos suntuosos allegándoles un adjetivo de lindo sabor popular. Tal vez leía su Biblia saltando de un profeta a un evangelista, de Ezequiel a Lucas, o bien iba y venía de San Juan el Divino al San Pedro pescador.
Cuando ustedes lo llaman Arcángel, se acuerdan de Miguel y su espada pinchadora del dragón; pero él contiene también a Rafael, arcángel transeúnte, que caminando con Tobías le escondió hasta el final su condición alada. Esta conjugación de lo arcangélico militante con lo arcangélico misericordioso nos valga para símbolo del martianismo.
El arcangelismo de Miguel tiene grandes riesgos por que se resuelve en una función de fuego y de hierro más exterminadora que redentora. En el Arcángel hostigador del Diablo eso está bien, ya que la finalidad es matar el dragón; pero en las turbas humanas la operación resulta peligrosísima. El combatiente acaba entero en espada, va reduciendo su cuerpo a vaina y por último a filo. Celebremos, pues, este raro arcangelismo español que hace correr a lo largo de la espada un constante aceite de piedad.

Examinada así, en bruto, la originalidad del tono de Martí, pasemos a la del vocabulario, que, como se sabe, cuenta entre los más ricos de nuestra literatura.
Martí posee el castellano, tanto en el aspecto de la intensidad, como en el de la extensión, colocándose así, al lado de Juan Montalvo en el millonarismo de vocablos. Montalvo manejó, es cierto, mayor cantidad de voces; pero hay entre ambos vocabularios una diferencia grande de calor, de color y de sabor. La lengua rica de Montalvo le viene de una frecuentación visible - demasiado confesa - del Diccionario. (Yo suelo recomendar a mis alumnas que se lo lean, en un ejercicio que les ahorrará en buena parte el librote tremendo.) Agradecemos a Montalvo el mérito de su acumulación de Creso, pero marcamos bien la diferencia que corre entre estas dos riquezas. Montalvo trabajó primero en su Ecuador, después en Francia, en ausencia amarga del idioma pleno, ya que en su país lo indígena triplica lo español y que en Francia vivió la dieta del idioma. Así se entiende el que se doblase veinte años sobre el Diccionario pidiendo al mamotreto frígido el calor que el ambiente no daba ni prestaba.
Martí, por el contrario, vivió las edades formativas - infancia y adolescencia - sumergido en un español casticísimo, hablado por la burguesía y en uno acidulado y pimentado que era y es hasta hoy el del pueblo cubano. Cuando salió al destierro, llevaba, seguro como las entrañas que no nos dejan, la lengua completa chupada en veinte años de su Isla.
Me señalaba el chileno Díaz Arrieta, que el español escrito en América confiesa una pobreza vergonzosa y sobre todo un gran desabrimiento, y mi amigo tiene razón (las Catilinarias y los artículos de polémica se salvan a causa de ser una escritura de guerrilla). Los pueblos no antillanos somos hijos del injerto verbal, es decir, de una aventura, lo que trae consigo riesgo, algunas posibilidades de superación y muchas de degeneración. Pero a la Isla de Cuba le cayó en suerte el ser ella un desgajamiento directo de la Península echado al mar; el nacer prima hermana de las Canarias, es decir, el haber sido y seguir siendo una España insular.
Naturalmente, un verdadero vital no se conforma con el idioma que recibe, porque cualquier naturaleza rica se pone a crear sus órganos, rebasa los medios recibidos y echa de sí los que le faltan.
Antes de Rubén Darío, Martí se había puesto a la invención de vocablos y aquél le reconoció el mayorazgo. Me gustan más los que salieron de la mano de Martí que los venidos de Rubén Darío. Todos lo sabemos y se puede decirlo sin mengua para el nicaragüense que en su uso del galicismo había tanta necesidad de fineza como alarde de cosmopolitismo o de mucho ingenio.
Martí crea sus pocos neologismos como un lingüista profesional, guardando todo respeto a la tradición en los derivados e inventa por necesidad verdadera, por el hambre de expresividad que había en él.
El vocabulario martiano no será nunca extravagante, pirotécnico ni snob, pero será novedoso hasta volverse inconfundible. El verbo, más que el mismo adjetivo, él lo busca a la medida de su necesidad. Son verbos activísimos; él dice "desjarretar", "sajar", "chupar", "pechar". Sus adjetivos son, en la prosa, táctiles y embadurnados de color y yo pienso que nadie entre nosotros llevó más lejos la ceñidura del apelativo a la cosa. En su complacencia de grafismo, movimiento, intensidad, dice "tajadas", "carneada", "fundida", "volcada", "regada", etc. Trabaja con epítetos extremosos y aunque los administre de más en la oración no se le engrasa y le salta viva como el lazo venteado del gaucho.

Vamos a la vitalidad tropical. Muchos miran el Trópico como un bochorno que descoyunta y acaba su criatura. Como yo siento algo de eso cuando vivo en él, no niego el hecho, pues, aunque admire y ame el trópico, pruebo en mi cuerpo la perfidia suave, la succión blanda.
Tan perfecto me parece, sin embargo, como una medida cabal de la riqueza terrestre, como el cubo de Dios, que siempre rebosa, y tan noble lo veo en su generosidad, que en vez de tacharle el calor genesíaco, prefiero creer que no podemos con él por una penuria corporal de mestizos flacos. El que no podarnos mirar esta luz sin pestañeo y el que no alcancemos estos pulsos fuertes culpa nuestra es.
Cuando me encuentro un hombre semejante a Martí o a Bolívar, que en su Trópico, de treinta años, no se descoyunta y se mueve en él lo mismo que el esquimal en la nieve, trabajando sin agobio y rindiendo la misma cantidad de energía que el hombre de climas medios, vuelvo a pensar que lo elefantiásico y monstruoso del Ecuador no existe. José Martí cayó en el Trópico como en su molde cabal; él no rezongó nunca contra la latitud porque no se habla mal del guante que viene a la mano.
Hay una inquina especial de las tierras frías contra el Trópico que pudiese ser la del sietemesino contra el niño de nueve meses. Una de las manifestaciones de ella se nota en lo peyorativo de los vocablos "tropicalismo" y "tropical" cuando los usa la crítica literaria. Los dos se han vuelto motes de injuria y liquidan a un escritor. Es necia su aplicación al bloque de los que viven entre Cáncer y Capricornio, pues difieren entre ellos, tanto como planta y animal. No hay razón para que un autor tropical haya de ser necesariamente malo sin más razón que la del termómetro. Pero la comicidad del asunto reside en que el trópico americano no ha dado verdaderos tropicales, excepto uno, óptimo, este Martí que es el único a quien conviene el rubro, y uno malo, nuestro Vargas Vila... que vivió cuarenta años en Europa.
Pedro Henríquez Ureña, al que debemos muchas definiciones del hecho americano, se encargó de enderezar el vocablo torcido. Él prueba que nosotros llamamos "tropicales" los estilos superabundantes y empalagosos de los subrománticos franceses hospedados aquí por escritores más segundones aún. El clima nada tiene que hacer con el pecado, y para no citar sino un caso, cerca de aquí nació y pasó la infancia esencial un poeta no dañado por la calentura del Caribe: en la Martinica vivió años Francis Jammes.
Al revés de cuanto se ha dicho, la soberana belleza tropical de América se quedó al margen de nuestra literatura, sin influencia verdadera sobre el escritor y como rebanada de él. Ojos, oreja y piel se los hemos regalado a Europa: paisaje, europeo, desabrido y neutro, es lo que se encuentra en nosotros los criollos. Antes y después de José Martí ninguno se había revolcado en lo fogoso y en lo capitoso de estos suelos.
Hay que llamar al cubano "hombre leal" por muchos capítulos, pero, principalmente, por haber llevado el resuello de su tierra y haber vaciado la cornucopia de una geografía a lo largo de toda su obra, en la expresión hablada y en la escrita.
¿Qué hace el Trópico en la obra de nuestro Martí, el único que lo representa?
En primer lugar una calidez gobernada o suelta corre por su prosa en un clima de efusión; marca sus arengas, los discursos académicos, los artículos de periódico y las simples cartas. Yo digo calidez y no digo fiebre. Tengo por ahí pespunteada una vaga teoría de los temperamentos de nuestros hombres: los que se quedan en el fuego puro y se secan y se resquebrajan, y los que viven del fuego y del agua, es decir, de un calor húmedo y se libran del resecamiento y la muerte. Martí fue de éstos. A él lo asiste siempre la brasa confortante o un rescoldo cordial. Si como pensaba Santa Teresa nuestro encargo es el de arder, y la tibieza repugna al Creador, el Diablo es uno que tirita; bien cumplió José Martí su encargo de vivir encendido y sin atizaduras artificiales. Él ardía abastecido del combustible de su temperamento cubano - español y también del Espíritu Santo que recorre su escritura en garabateo visible.
La segunda manifestación del Trópico en Martí, sería la abundancia. El Trópico es abundante por esencia y no por recargo de bandullos o períodos. El barroco fue inventado por arquitectos no tropicales, los cuales buscando ser magníficos cayeron en gordinflonerías y excrecencias.
Más claro se verá el hecho visto en el árbol coposo: él no es un abullonado, él es la fuerza llegando a sus topes. Hay que meter la mano en la masa de sus ramas para hallar grosuras; mirado, él es esbeltamente soberbio, nada más que eso.
En el tropicalismo de Martí, la abundancia es natural por venir de adentro, de los ríos de su savia interna. En cuanto a natural no es pesada, no carga ornamentos pegadizos; se lleva a sí misma sin pena, como los grandullones llevamos nuestra talla...
Además el criollo lector, congestionado de lectura, hervía de ideas, a revés de los que siguen una sola como regato en tierra pobre; el corazonazo caliente de emocional le subía a la garganta hasta en la charla corriente; el vocabulario pasmoso le entregaba a manos llenas la expresión justa y la más feliz. ¡Cómo no había de ser copioso! Lo hicieron en grande y no hay por qué una criatura ubérrima dé la espalda a su haber y se fuerce a regímenes de arroz. Corríjasele la abundancia y Martí se nos disuelve. Que los demás escritores ecuatoriales vivan sin conmoverse delante de su gracia, negocio de ellos es, mal negocio de distracción o de renegamiento; pero dejemos que este respondedor describa su aposento geográfico que es su mesa de vivir y su lecho de morir.

Otra manifestación del tropicalismo martiano es la lengua espejeante de imágenes, el desatado lujo metafórico.
Dicen que en la naturaleza tropical fauna y flora están supeditadas al ornato y por eso resultan más hermosas que productivas; dicen que son blandas y fofas sus criaturas y que su belleza engaña como la gesticulación ampulosa y buera. La verdad es que la naturaleza, que en otras partes cumple su obligación de alimentar, aquí se da el gusto de servir deslumbrando. El árbol de la goma, el cocotero, el mismo plátano llevan vitalidad suficiente para dar mucho y les quedan todavía jugos para follajes superlativos. No sé qué hay de propietario, de asalariado en la naturaleza europea donde el sembradío se ciñe a la utilidad y no le sobra nada para fantasía y locura. El Trópico nuestro se parece a Hércules, que era servicial y magnífico en una sola pieza, vale decir, hazaña.
Pasemos esta misma generosidad a la naturaleza de Martí: Él es un divulgador de ideas, pero como la savia le alcanza, él las echará a rodar en torrente de símiles. Por otra parte, no es cosa de olvidar que él es sobre todo un poeta, que puesto en el mundo en una hora de dura necesidad, aceptó ser conductor de hombres, gacetillero, profesor, etc., pero que de nacer en una Cuba adulta y sin urgencias, se hubiese quedado en el hombre de canto mayor y menor, de canto absoluto.
Como el árbol tropical que gasta mucho en la periferia florida y que engaña con que descuida el rigor del tronco, así engaña la prosa de Martí, y ha hecho decir a algún atarantado que su prosa no es sino casullas de ropería arzobispal.
Suntuoso, es cierto, a la manera de los reyes completos que dictaban legislación, religión, costumbre y poesía, que siendo sacerdotes no descuidaron el espejo justo de trono y vestimenta y hasta solían corregir a sus costureros e inventar danzas.
También aquí está el hombre construido en grande, que no quiere constreñirse ni mutilarse de nada y hace brazada con las cosas buenas de este mundo, hombre antiasceta (aunque cuidase mucho de su decoro) por hallarse cerca de la naturaleza que se burla de las penitencias.
Al lado de la extraordinaria sintaxis de Martí, está como otro pilar de su maestría, la metáfora espléndida. La tiene impensada y no extravagante, original y no estrambótica; la tiene virgínea Y siempre nueva, sin caer por reincidencia en la misma o en la semejante; "imaginífero" - D’Annunzio se llamaba así a sí mismo - cuyo stock no se vaciaba nunca.
La sabida frase del hombre que piensa en imágenes, conviene a Martí como a ninguno de nosotros. Hay que caer sobre algunas páginas del Asia, en las cuales la poesía se traduce en una pura reverberación alegórica, para encontrar algo semejante a su escritura. Pero la diferencia con el lirismo asiático está en que, mientras aquél cae al atollamiento de flores y gemas, Martí nos hace siempre sentir el hueso del pensamiento bajo la floración.
La metáfora cerebral y de química esotérica de los que han venido después, no era la suya; el corazón fogoso y fogueado era su proveedor de metáforas; así la tiene de espontánea y de cándida lo mismo en lo tierno que en lo colérico.
Dicen que el estudio de un poeta lo dan sus metáforas por sí solas. El método es habilidoso, pero se nos quedarían afuera los buenos poetas ralos y hasta los ayunos de símil, que los hay. Para Martí el procedimiento resultará excelente. En su montaña de metáforas se puede descomponer su alma entera.
La última manifestación de tropicalismo que anotaremos en nuestro hombre es la generosidad que le viene, en parte, de su riqueza misma. El temperamento criollo rebosa de liberalidades; él se derrama en hospitalidad y dispendios. Nosotros no somos pueblos de vísceras resecas, arca vigilada ni alarmas de vieja despensera. Este sol que en vez de asistir solamente a la creación, la inunda y la agobia, nos ha criado en una pedagogía derrochadora. Estamos llenos de injusticias sociales, pero ellas derivan más de una organización torpe que de una sordidez congénita; andamos buscando un abastecimiento racional de nuestros pueblos y cuando lo hayamos encontrado, los sistemas económicos de la América serán mucho más humanos que los europeos.
Todo lo quiere para su gente Martí: libertad primero, cultura y bienestar en seguida. Y como su estilo forma el aspa visible de su rueda oculta, las liberalidades de Martí se traducen en su lengua por una desenvoltura de señor acostumbrado a poseer y a dar. Voltéese en la mano el estilo de los egoistones y se les sentirá la reticencia en la sequedad y el temblorcito de la avaricia en la indigencia de la frase.

La averiguación de la lengua se me ha resbalado hacia el hombre, al cual yo no iba a comentar porque la crítica literaria moderna está empeñada en deslindar obra e individuo y reducirse a la escritura a secas.
Hay escritores con los cuales sobra la divulgación de persona y vida; hay otros que no pueden ser manejados sino en el bloque de escritura y carácter. Martí es de éstos y hasta tal punto que no sabemos bien si su escritura es su vida puesta en renglones, o si su vida es sólo su escritura enderezada. Además, es de aquellos que se hacen amar de tal modo que su devoto quiere saberlo todo de ellos, desde cómo rezaban hasta cómo dormían...
Es cierto que se puede hablar aquí de "un caso". ¿De dónde sale este hombre tan viril y tan tierno, por ejemplo, cuando en nuestra raza el viril se endurece y se brutaliza; ¿Y de dónde viene este hombre, según la teología, trayendo de veras en su ser el trío de "memoria, inteligencia y voluntad"? ¿De dónde nos llega esta criatura, en la cual los hombres hallan la varonía meridiana, la mujer su condición de misericordia y el niño su frescura y su puerilidad? ¿De dónde sale en raza de probidades dudosas este varón que no da de sí una borra de logro, y no acepta condescender con la corrupción?
Veremos por contestar, y si erramos la intención nos valga. El viril nos viene de la sangre catalana, que es fuerte y activa, muy diversa su acción a la de Castilla, correa de cuero de la historia, y terror de pueblos flacos. El tierno le viene del limo y del ambiente antillanos donde la piel del toro español se suavizó hasta volverse una badana dulce. A menos que sea el negro y no el clima el autor de esta blandura inédita en la prole del Cid aliviada de calentura por el mar. En Cuba, que produce la caña mansa y el tabaco piadoso, se da fácilmente el hombre benévolo y no es raro que saltase de aquí la cifra humana que llamamos, "José Martí, el bueno".
Martí fue, además, el hombre maduro, en el cual se retarda la infancia y de otro lado se anticipa la vejez; hombre cenital que goza desde un punto mágico las dos mitades del cielo. Por eso se abre en pulpas humanas por donde se le toque Y por eso sabe tanto del negocio de vivir, de padecer, de caer y de levantarse. A criatura tal los amigos querían contarle todo y a veces no le contaban nada porque él los adivinaba con sólo mirarles. Él serviría las funciones humanas mejores: la de consolar, la de corregir y la de organizar.
Muchas veces se ha aplicado en la historia la frase de "amigo de los hombres"; Martí se la ganó de vivo, y de muerto la retiene en la mano parada.
Es preciso alabar también al luchador sin odio. El mundo moderno anda alborotado con la novedad de Mahatma Gandhi, combatiente ayuno de furor. Pero el fenómeno de combatir sin aborrecer, apareció entre nosotros mucho antes en este "santo de pelea". Póngale encima si quieren, la lupa acusadora; mírenle las arengas, proclamas y cartas, y no saltará al ojo una sola peca de odio. Empujado a la cueva de las fieras, constreñido a buscar fusil y a echarse al campo, este hombre va a pelear sin malas artes, sin interjecciones feas, sin que se le pongan sanguinosos los lagrimales. Posiblemente hasta los luchadores de la Ilíada dejaron escapar en lo apretado del apuro algún "terno" que Homero se guarda. Martí pelea sobrenaturalmente, sintiendo detrás de sí la causa de la independencia cubana que le quema la espalda, y mirando delante el montón impersonal de los enemigos de la libertad que para él no tienen cara ni nombre personal.
Y aquí, mis amigos, Martí resulta sujeto sin amarras con la raza indo - española. Ella ha odiado mucho, ha puesto siglos de empeño en aborrecer de cabeza a pies y ha tomado el sobrehaz de la tierra como un campo patagónico de "carneada" Aunque la frase se nos tiña de cursilería, digamos que Martí vivió embriagado de amor humano, y tanto que sus entrañas no le dieron ni un grito de venganza.
Todo es agradecimiento en mi amor de Martí: gratitud hacia el escritor que es el maestro americano más ostensible de mi obra, y también agradecimiento del guía de hombres que la América produjo en una especie de Mea culpa por la hebra de guías bajísimos que hemos sufrido, que sufrimos y sufriremos todavía. Angustia siento yo, americana ausente, cuando me empino desde la tierra extraña a mirar hacia nuestros pueblos y diviso a mi gente atollada todavía en las viscosidades acuáticas de las componendas y en las malquerencias fronterizas que tijeretean el continente de todos lados.
Cuando los ausentes hacemos estas asomadas penosas al hecho americano, necesitamos acarrear de lejos a Bolívar para que nos apuntale la fe, y de menor distancia a Martí para que nos lave con su lejía las roñas de la criollidad. Él es para nosotros, los ansiosos, uno de esos raros refugios que se hallan en el bajío pantanoso Y al que se entra por comer y dormir allí, sin tocar pringue o lama.
Esa frente familiar a ustedes, nos tranquiliza con sus planos serenados; esos ojos de dulzura inmediata, a flor de la "niña", donde se chupa sin tener que ir al fondo como la abeja; ese mentón delgado que desensualiza la cabeza en su segundo extremo, repitiendo lo que la frente hizo en lo alto, nos consuelan de tanto semblante torcido o ácido que corre por la iconografía criolla. Hemisferios de agradecimiento son para mí la literatura y la vida de José Martí.

José Julián Martí y Pérez (La Habana, Cuba, 28 de enero de 1853   Dos Ríos, Cuba, 19 de mayo de 1895) fue un político, pensador, periodista, filósofo y poeta cubano, creador del Partido Revolucionario Cubano y organizador de la Guerra del 95 o Guerra Necesaria. Perteneció al movimiento literario del modernismo.

Su visión política incluía lo que hoy se conoce por latinoamericanismo. Además, su obra política y de propaganda muestra estas tres prioridades: la unidad de todos los cubanos como nación en el proyecto cívico republicano de postguerra; la terminación del dominio colonial español; y evitar una expansión estadounidense. Es casi unánime la información sobre su gran capacidad de trabajo y frugalidad, lo que, siendo evidente, junto a su palabra persuasiva, le valió reconocimiento por la mayoría de sus compatriotas. En el campo de la poesía sus obras más conocidas son Ismaelillo (1882), Versos sencillos (1891), Versos libres y Flores del destierro. Sus ensayos más populares son El presidio político en Cuba (1871) y Nuestra América (1891), cabe también destacar su obra epistolar, por lo general bien apreciada literaria y conceptualmente. Se incluye entre sus obras "La edad de oro. Publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de América" de la cual fue redactor (Julio 1889). Fue precursor del modernismo, junto a Manuel González Prada (Perú), Rubén Darío (Nicaragua), Julián del Casal (Cuba), Manuel Gutiérrez Nájera (México), Manuel de Jesús Galván (República Dominicana), Enrique Gómez Carrillo (Guatemala), José Santos Chocano (Perú) y José Asunción Silva (Colombia), entre otros. Es todavía tema de debate entre los especialistas su importancia relativa en el modernismo.

José Martí no asume una posición antirreligiosa, sino que hace críticas a las religiones establecidas, por sus desviaciones, por el abandono en un momento de su desarrollo histórico de los principios que la originaron y de los fundamentos de la religiosidad.
"Un pueblo irreligioso morirá, porque nada en él alimenta la virtud. Las injusticias humanas disgustan de ella; es necesario que la justicia celeste la garantice."
Habiendo recibido Martí una educación religiosa fue capaz de darse cuenta y profundizar en las diferencias estimadas por las distintas religiones, logró demostrar a través de su propia experiencia lo necesario de la conciencia, la razón y la voluntad, elementos que relaciona con claridad en la actuación del hombre en la vida, la que siempre concebía relacionada a la honradez, la justicia y los sentimientos humanos. Las convicciones religiosas las veía con agrado cuando estaban en defensa de los aspectos expresados anteriormente, todo lo que fomentara su limitación y desarrollo constituían un elemento de freno al pensamiento sano y creador del hombre.


Gabriela Mistral


 Biografía.-
 José Julián Martí y Pérez: Político y escritor cubano. Nacido en el seno de una familia española con pocos recursos económicos, a la edad de doce años José Martí empezó a estudiar en el colegio municipal que dirigía el poeta Rafael María de Mendive, quien se fijó en las cualidades intelectuales del muchacho y decidió dedicarse personalmente a su educación.
El joven Martí pronto se sintió atraído por las ideas revolucionarias de muchos cubanos, y tras el inicio de la guerra de los Diez Años y el encarcelamiento de su mentor, inició su actividad revolucionaria: publicó una gacetilla El Diablo Cojuelo, y poco después una revista, La Patria Libre, que contenía su poema "Abdalá".
A los diecisiete años José Martí fue condenado a seis de cárcel por su pertenencia a grupos independentistas. Realizó trabajos forzados en el penal hasta que su mal estado de salud le valió el indulto. Deportado a España, en este país publicó su primera obra de importancia, el drama Adúltera. Inició en Madrid estudios de derecho y se licenció en derecho y filosofía y letras por la Universidad de Zaragoza.
Durante sus años en España surgió en él un profundo afecto por el país, aunque nunca perdonó su política colonial. En su obra La República Española ante la Revolución Cubana reclamaba a la metrópoli que hiciera un acto de contrición y reconociese los errores cometidos en Cuba. Tras viajar durante tres años por Europa y América, José Martí acabó por instalarse en México.
Allí se casó con la cubana Carmen Sayes Bazán y, poco después, gracias a la paz de Zanjón, que daba por concluida la guerra de los Diez Años, se trasladó a Cuba. Deportado de nuevo por las autoridades cubanas, temerosas ante su pasado revolucionario, se afincó en Nueva York y se dedicó por completo a la actividad política y literaria.
Desde su residencia en el exilio, José Martí se afanó en la organización de un nuevo proceso revolucionario en Cuba, y en 1892 fundó el Partido Revolucionario Cubano y la revista Patria. Se convirtió entonces en el máximo adalid de la lucha por la independencia de su país.
Dos años más tarde, tras entrevistarse con el generalísimo Máximo Gómez, logró poner en marcha un proceso de independencia. Pese al embargo de sus barcos por parte de las autoridades estadounidenses, pudo partir al frente de un pequeño contingente hacia Cuba. Fue abatido por las tropas realistas cuando contaba cuarenta y dos años. Martí es, junto a Bolívar y San Martín, uno de los principales protagonistas del proceso de emancipación de Hispanoamérica.
La obra literaria de José Martí
Además de destacado ideólogo y político, José Martí fue uno de los más grandes poetas hispanoamericanos y la figura más destacada de la etapa de transición al modernismo, que en América supuso la llegada de nuevos ideales artísticos.
Como poeta se le conoce por Ismaelillo (1882), obra que puede considerarse un adelanto de los presupuestos modernistas por el dominio de la forma sobre el contenido; Versos libres (1878-1882), La edad de oro (1889) y Versos sencillos (1891), esta última decididamente modernista y en la que predominan los apuntes autobiográficos y el carácter popular. En A mis hermanos muertos el 27 de noviembre (1872), publicado durante su destierro en España, Martí dedica sus versos a los estudiantes muertos en una masacre acaecida en aquella fecha. Su única novela, Amistad funesta, también llamada Lucía Jérez y firmada con el pseudónimo de Adelaida Ral, fue publicada por entregas en el diario El latino-Americano entre mayo y septiembre de 1885; aunque en su argumento predomina el tema amoroso, en esta obra de final trágico también aparecen elementos sociales.
Entre sus obras dramáticas destacan Adúltera (1873), Amor con amor se paga (1875) y Asala. También fundó una revista para niños, La Edad de Oro, en la que aparecieron los cuentos Bebé y el señor Don Pomposo, Nené traviesa y La muñeca negra, y colaboró con diversas publicaciones de distintos países, como La Revista Venezolana, la Opinión Nacional de Caracas, La Nación de Buenos Aires o la Revista Universal de México.
Cronista y crítico excepcional, hizo de muchos de sus textos auténticos ensayos, algunos de carácter revolucionario como El presidio político en Cuba (1871) -de gran fuerza lírica-, El Manifiesto de Montecristi o su Diario de campaña. Sus Obras completas (1963-1965) constan de 25 volúmenes.

Compilador: Mario Artigas. (Antología General de Gabriela Mistral – Misterio y Fascinación)