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sábado, 23 de julio de 2022

Gabriela Mistral: El catolicismo en los Estados Unidos

 

El catolicismo en los Estados Unidos

El Mercurio, 27 de julio de 1924

 

Viaja en mi barco un sacerdote católico, el R. E. H. V. Conversamos. Yo me traje de Estados Unidos el interés más vivo por el movimiento religioso, que ya en otra ocasión he alabado. Aprovecho su benevolencia en pedirle tantas informaciones, que debo fatigarlo como el alumno preguntón de las clases; él, que es un norteamericano de sangre francesa, tiene una simpatía viva por lo latino, y le devuelvo a cada momento el interrogatorio, con otro, por saber más de la América española. En Estados Unidos ésta tiene ya un apoyo, y lo tendrá cada vez más (así lo esperamos muchos): el de los católicos de aquella nación.

Hay cosas semejantes, vistas por ambos, y de las cuales podemos hablar con conocimiento traspasado de interés: la separación de la Iglesia y del Estado, que él ha visto en Francia, patria de sus padres, y en Estados Unidos, patria suya; y que yo he visto en México. Nuestra larga conversación la transcribo casi entera, por lo valioso del asunto.

 -Qué piensa usted, señor -le digo -, de la separación de la Iglesia y del Estado.

 -Pienso bien -me dice. Y como yo me sorprendo un poco, explica él largamente su experiencia.

La unión de las dos instituciones, cuando el Estado toma un franco rumbo liberal, como ocurrió en Francia, pasa a ser una responsabilidad grave para la Iglesia. Por su solidaridad con el Gobierno, los jefes eclesiásticos tienen que tolerar, con una débil protesta o sin ella, muchos actos de aquél, con los cuales la Iglesia está en pugna. Por su parte, el Estado exagera su patronato y pretende maniatar a los eclesiásticos en su acción social, llamándola intromisión en la política interna. Era el caso de Francia antes de la separación.

 -Cree usted, señor -añado -, que el clero tiene derecho a tomar parte en la política.

La política -responde - es acción social; sólo cuando se vuelve muy corrompida, o muy torpe, carece de actividades de esa índole y no trabaja en la formación espiritual de los pueblos. Con este sentido, apartar de esa política a un clero vasto es, sencillamente, restar al trabajo social fuerzas valiosas de cultura y espíritu. Y no es poca la falta que en este momento del mundo hacen los poderes morales para que enajenemos elementos de selección, como son los de un clero que es culto. Se quejan los mismos radicales, en Francia como en Italia, del dominio, dentro de su propio campo, de cabecillas, ignorantes o impuros, y procuran, aunque sin éxito, que pase a los mejores la influencia que poseen los peores. La eliminación del clero en la política constituye, repito, la eliminación de mentes vigorosas y de caracteres elevados. La Iglesia ha hecho lo mismo que la Universidad, o que cualquiera institución ilustre, una selección aguda de individuos y este trabajo debería ser aprovechado por un país, si las democracias latinas miraran, como la inglesa, un poco más hacia la selección. Siendo casi todas racionalistas, este sentido debería existir dentro de ellas, equilibrando el de igualdad.

 -Qué frutos, buenos o malos, ha traído la separación en Estados Unidos.

 -Buenos. La Iglesia empezó a trabajar en el gran país protestante sin las ventajas que se atribuyen a la unión con el poder civil, y ha quintuplicado sus fuerzas. Los progresos del catolicismo en Estados Unidos no son ya discutibles ni discutidos. Ella rivaliza con las sectas protestantes más antiguas y la superación suya se palpa. Se le ha dado simplemente la libertad de acción que a cualquiera otra sociedad; y sin más prerrogativas, su labor ha alcanzado éxitos sencillamente prodigiosos. Lo único que los católicos deben pedir es eso: una libertad verdadera; el resto lo hace el esfuerzo de un clero apostólico, la pureza de sus costumbres, que gana a las poblaciones en favor del párroco y, por sobre esto, la esencia misma de nuestra fe, que lleva el triunfo en su aliento divino y en su trabajo humano de dieciocho siglos.

 -¿Considera usted -me pregunta él ahora - que la separación ha dañado a la Iglesia en México?

 -Creo que la Iglesia mexicana no tiene la prosperidad de la norteamericana. Los católicos empiezan hoy a organizarse. Tienen sin duda alguna, el 90 por ciento de la población afiliada a su fe; pero son una fuerza inerte y que hasta parece ignorarse a sí misma. En la cuestión social, sólo comienza a tomar interés, y ese ha sido su error enorme, del que nunca se arrepentirán bastante. La inmensa masa india es tan pobre como el siervo de la gleba del medioevo, pero en el medioevo el hombre tenía fe para aligerarse la pesadumbre y la tristeza. No es el caso de México. A este descuido inconcebible del indio se deben muchos males actuales y futuros. La Iglesia se ha mostrado allí inferior a sus misioneros iniciales, cuya espléndida labor se ha borrado como las nieblas; mejor será decir, como el rocío. Este torpe abandono está dañando al catolicismo mexicano con un daño profundo dentro del cual germinan las revoluciones.

En Chile yo encontraba débil aún el trabajo social católico; desde México me pareció vigoroso. Allá, repito, se inicia y en condiciones por cierto desfavorables, por el dilatado receso de egoísmo que los radicales le enrostraron con un vigor también extremo.

En los misioneros españoles empieza y acaba la asistencia material del indígena. Entre ellos y nuestro tiempo, pasando a través de cuatro siglos, hay un verdadero eclipse de las conciencias respecto del mejoramiento del indio. Sus mayores benefactores han sido -El contraste sorprende - los Reyes españoles, que establecieron la propiedad indígena, aunque fuese común, y los hombres de hoy, que la restauran después del largo despojo, y procuran hacerla individual. En la responsabilidad enorme de esta culpa, dos tercios corresponden, naturalmente, al Estado, a las Repúblicas declamadoras de igualdades, que han sido las nuestras; pero un tercio, por lo menos, es del cristianismo sin sentido social, que ha sido el nuestro.

La separación en México creó, tal vez, el divorcio absoluto y lamentable que existe hasta hoy, y que cada vez es más agudo, entre conservadores y radicales. Sólo se ve este camino para que el abismo, no digamos se cubra, pero siquiera disminuya; que nazca una conciencia social poderosa en los católicos y a la vez que a los ojos de los radicales se vuelva respetable una iglesia organizada, fuerte, y con acción cívica activa. Es el caso de Chile, y especialmente el de la Argentina.

 -¿Piensa usted, señor, que la separación en Francia ha restado fuerzas a la Iglesia?

 -Ni remotamente. Ustedes los chilenos tienen próximo el caso semejante del Uruguay: allí como en Francia, el catolicismo ha tenido una gran llamarada de fervor. Los verdaderos creyentes no pueden permitir que se debilite su santa institución por el hecho humanísimo, y, por humano, inferior, de que el poder civil le retire su alianza.

La renovación de las relaciones entre Francia y el Vaticano, no es solamente, como se dice, el reconocimiento hacia la heroicidad de los católicos franceses durante la guerra. La verdad es que, en los años de la ruptura, el Gobierno laico ha palpado la extensión y la profundidad del catolicismo francés. A la antigua alianza no se podía volver, y ha aceptado la aproximación cordial. Esto, por mezquino que sea, constituye una nueva política, condenadora de la antigua y fea violencia del Estado laico.

Ahora él vuelve a interrogarme:

 -¿Qué piensan los católicos de Chile sobre la separación?

 -La gran mayoría no la acepta, y en esta actitud no pesan mucho que digamos, intereses materiales. Las rentas del clero son solamente decorosas; el rechazo de la reforma tiene por principales causas éstas: primero, se considera que la idea de Dios, unida a la del Estado, eleva al ciudadano y da elevación también a las funciones de éste, pues el espíritu dignifica toda cosa; segundo, la pérdida más dolorosa para la Iglesia sería la de la enseñanza de la religión en las escuelas.

Me parece -dice él- que ustedes sustituirán la segunda pérdida, muy grande, de manera semejante a la nuestra. En Estados Unidos los católicos saben que es su deber más elemental de lealtad hacia la fe que profesa, la instrucción religiosa de los hijos. A los padres descuidados o reacios, que son muy pocos, la Iglesia los urge en los casos extremos, hasta suspendiéndoles los sacramentos si no cumplen con este deber vital para el catolicismo. Hay innumerables escuelas dominicales y sabatinas donde los alumnos de los establecimientos reciben la doctrina.

 -¿Piensa usted que los católicos hispanoamericanos serán menos celosos?

Le contesto con toda sinceridad:

 -Si mis observaciones no me engañaron, la instrucción religiosa de la juventud en México es inferior a lo que usted me alaba en los Estados Unidos. Hasta en mis clases de lenguaje pude observar que las niñas no tenían conocimiento verdadero de la Historia Sagrada.

 -La culpa de eso hay que atribuirla -explica él - al concepto que he advertido en los católicos latinos: estiman que la religión no es una rama de conocimiento humano, sino un resplandeciente motivo sentimental. Es grave error: la juventud creyente, formada así, es incapaz de defender sin fe en el terreno filosófico y seno. Yo no desdeño la emoción dentro de lo religioso; pero me parece que sería inferior una religión sin la base racional de la nuestra. Iría a la derrota segura, en nuestra época de análisis y de discusión de todos los valores. Por esto yo -añade -, aunque admiro a los grandes emotivos que ha tenido el catolicismo, me quedo con los que defendieron nuestra religión gracias a una mente poderosa: con Santo Tomás y San Agustín.

Pero la Iglesia en Estados Unidos no se ha limitado por cierto a las escuelas dominicales para la formación moral de la juventud; ella aspira, como ha aspirado en todo tiempo, a sustentarla en todos los aspectos del conocimiento. Ud. supo, durante su estada entre nosotros, que tenemos Universidad, Liceos, Escuelas Industriales, primarias, etc. de una prosperidad enorme. Para llegar a esto nos ha bastado, en el origen, con el aporte individual. En Hispanoamérica y en general en los pueblos latinos, hay el vicio del patronato oficial. Se necesita de él para todo, para construir un ferrocarril como para crear una escuela particular.

Con la libertad anotada y con una selección agudísima del profesorado, nuestros colegios se han hecho respetables y llega a ser una recomendación tácita la que lleva el examinando nuestro en el solo nombre de su escuela. El oficialismo escolar no favorece mucho que digamos, la selección; en Francia, según he visto, hasta crea una lamentable mediocridad en el profesorado. Los profesores brillantes son aplanados con los rutinarios, por una especie de democracia intelectual o igualitarismo aplicado a la mente, que es muy torpe.

No vacilo en afirmar que en la conquista de Estados Unidos por el catolicismo debemos la mayor parte a nuestros grandes educadores.

Le pido ahora que me hable de la labor social que desarrolla la Iglesia en Estados Unidos, para completar los datos recogidos durante mi estada, brevísima.

 -En primer lugar está -responde - el esfuerzo por dar limpia recreación al pueblo.

Casi todas las parroquias cuentan con una sala de conferencias; sirve a la vez de sala de discusiones libres y para exhibiciones bisemanales de cine. Las conferencias no sólo son dadas por sacerdotes sino por intelectuales católicos de significación. Yo doy mucha importancia a la discusión libre. En un país donde existen sectas en número casi fabuloso, la actividad principal de lamente católica debe ser ésta: combatir por la razón entre los racionalistas, como en la Edad Media se combatió con la buena mística entre las místicas degeneradas. Hay en estas salas de discusiones un ambiente de benevolencia profunda. Los jóvenes que dudan muestran desnudamente sus puntos en sombra y los instruidos orientan. Por el establecimiento de estas discusiones, la Iglesia norteamericana contesta gallardamente a los que atribuyen al catolicismo cierto pavor del examen.

El espectáculo cinematográfico lo proporcionan las parroquias para combatir por el biógrafo educador, el biógrafo estragador. Tendrá que ser éste siempre el espectáculo popular por excelencia, por económico y porque es el triunfo de la imagen que ha sido siempre la fiesta del niño. (El pueblo cuando no está corrompido, tiene la inocencia de la infancia).

Existe más todavía en la dotación que se ha hecho a las parroquias para las recreaciones populares: la biblioteca y el campo de deportes. Cuando tiene la ciudad un gran colegio católico, toma el estadio.

 De este modo, proporcionamos a los jóvenes una educación moderna en todos los aspectos: él no necesita recurrir a instituciones extrañas, como algunas deportivas, en las cuales la educación física, de medio ha pasado a volverse fin: brutalidad y rebajamiento del ser humano. La vida en un joven, gastado por entero y en deportes, es una cosa grotesca y plebeya.

 

Gabriela Mistral

Gabriela Mistral, honor a Simón Bolívar.

 Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios de Aguirre. Nace un 24 de julio.

La ambición de Bolívar

Nueva York, abril de 1931

 

Los escritores que malquieren a Bolívar insisten mucho en su ambición; la sacan a lucir como una medida mañosa que le rebaje la mitad de la estatura y vuelven y revuelven con la palabrita hasta que echa ella sobre el hombre unas luces sesgadas.

Hasta donde se toca ambición se tiene tacto leal de hombre; cuando ya no se la toca, la criatura se vuelve nada menos que el santo y produce no sé qué vértigo. Nadie piensa a nuestro Bolívar como un ciudadano de la otra orilla ni se ha hecho intentona de altares en su favor...

Ambición natural la que llevó y mostró, tan natural como su corazón vivo y lleno de sangre que buscaba empleo, tan natural como que comiese y llevase ropas, ¿qué querían, pues, los hipocritones? Un santo-general no se ha visto y menos un Libertador de un continente de tierra y agua.

Al no haber sido rico, hablarán de su ambición de plato más grande de habichuelas; al no haber sido un buen mozo, se les ocurrida su ansia de mujeres. Poseyó cuanto puede poseer un hombre para que la juventud se le acueste en Capua y allí se le quede, cuanto puede pedir la criatura sensual que es el criollo y cuanto ha menester el hombre de cualquier parte para aceptar su lote magnífico y quedarse sobajeando toda la vida, agradecido y orondo.

La ambición de Bolívar después de nacer en la familia donde nació, de recibir el legado casi bautismal del Canónigo Aristiguieta y de vivir en cortes europeas que llegaron a parecerle domésticas, debía volver la cara inteligente hacia lo único que le faltaba, que era la gloria. Poseía la mirada panorámica, así para la geografía como para la historia y con este ojo de beber masas y de coger volúmenes él vio que ella le faltaba para sentirse completo, que es como le gusta sentirse a los héroes y a los santos. Bienhaya su “vistazo” y su determinación, bienhaya por él y por nosotros.

Ya pueden ir llegándonos otros tan cargados de este “morbo” como él lo estuvo y tan despeñados como él hacia glorias de la misma calidad y del mismo bulto.

La ambición se la fueron encandilando muchas cosas: primero, la educación plutarquiana que ha sido la copita de vino empujadora de las mejores gentes en cualquier tiempo; luego, al ver hacerse a Napoleón como un árbol de esos que los magos ponen a crearse en unas horas; luego, el darse cuenta, con sus ojos caladores de la ineptitud que lo rodeaba, de que estaban sin hacerse los dos tercios de la América; luego, la época en que caían los reyes necios como las nueces secas con el viento; luego, el que se le muriera la mujer, en la que habría hallado empleo blando su alma venida para empleos duros. Podrían haberlo sujetado muy pocas cosas: el tener miedo, y no había nacido, como los más, pegado a un cuco familiar; al ser atrapado por el mucílago bueno de una segunda esposa y de muchos hijos, o sencillamente el dudar, can duda perversa, de que los hombres respondan al bien, lo dejen hacer y ayuden a quien se los haga. Ninguna de estas cosas le sujetó el alma desembarazada que era la suya ni el cuerpo ganoso.

En vez de contarle y medirle la ambición -con cierta manita peluda de murciélago-, mejor sería darse cuenta de cómo ella fue metal químicamente puro, o mejor una especie de agua superfiltrada en la que no se quedó bailando una arenita obscura, una hilacha de dineros, una pajita sospechosa de medro. Asombra de veras ver el brazo de Bolívar aventar las tentaciones una y diez veces, en su Caracas, en su Bogotá, en su Quito, en su Lima. Mas, desconcierta cuando a cada bandeja de frutas de oro que le pasa el Demonio delante, tenemos presente que este hombre ama la vida en grande, que puede encariñarse con un palacio gubernamental, porque se crio en casa-palacio y sobre todo que Plutarco le ha sugerido, si no enseñado, el derecho de los mejores, el mando largo, el mando que dura y que permite hacer las muchas cosas comprometidas.

La división de las gentes en ambiciosos y no ambiciosos daría, por otra parte, unas curiosas sorpresas con los dos lotes. Una especie de limbo, donde se hallarían los limpios de culpa y que estaría formado por los zonzos de zoncera redonda, los lisiados de los miembros más nobles del alma, y los viejos que han pasado los sesenta y comen su sopa de sagú... Una especie de senado, donde las primeras filas las acapararían los justos que se adjudicaban lo suyo precisamente por ser justos, y luego todos los constructores que construyen en grande por la espuela visible que los mordía y por la flecha también visible que su mano apuntaba lejos, ambas cosas instrumentos del ansia, de la ambición, cuerpos del delito...

La división racional mejor que aquélla podría ser la siguiente: lote de quienes ambicionaron las cosas de precio que a la vez eran las más difíciles, y que jugaron a ellas al cuerpo y el alma, que es cuanto podemos jugar y que es el precio más alto del mercado; lote de quienes, ambicionando las mismas cosas, les jugaron un poco de aliento flojo y otro poco de alma sietemesina, con lo que no ganaron todo lo que querían y lograron sólo algunos trozos, pagados con fraude, esos mismos.

 

Gabriela Mistral